Es muy importante evitar que la retórica política se siga comportando como un factor desestabilizador

Lo que se dice queda flotando en el ambiente, para bien y para mal, y por eso hay que cuidar cada palabra, sobre todo si proviene de aquéllos que, por sus posiciones de poder, tienen capacidad de decidir en cuestiones y en puntos fundamentales.
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En nuestro país nunca ha existido la sana práctica de discutir de manera desapasionada y consistente los distintos problemas que se van presentando en los diversos espacios de la realidad nacional. Por el contrario, lo que viene prevaleciendo en forma persistente es el choque de posiciones, dejando de lado el análisis responsable y la búsqueda de soluciones basadas en el interés general. No es de extrañar entonces que vivamos atrapados en una conflictividad que se alimenta a sí misma, dejando cada vez menos espacios disponibles para la discusión sensata y para el encuentro de voluntades.

Y lo más grave y sintomático es que la tendencia a las descalificaciones constantes y agresivas se incrementa precisamente cuando la situación del país está reclamando tratamientos razonables para no continuar empantanándose en la ineficiencia y en el descontrol. Aunque por momentos se ven señales promisorias de que se puede entrar en otro tipo de práctica de intercomunicación y de interacción entre actores políticos y sociales, casi al instante resurgen las actitudes radicales e intransigentes que impiden que las buenas señales prosperen en hechos. Es claro que persiste en gran medida la falsa y trasnochada convicción de que la única forma de demostrar fuerza es haciendo sentir que el que está enfrente es enemigo irreconciliable, lo cual carece de toda validez dentro de la verdadera lógica democrática.

La democracia implica, desde luego, competencia constante; y los que compiten lo hacen siempre con la voluntad de salir gananciosos de la competencia. Esto es natural y válido, pero también tiene reglas, límites y responsabilidades. En ese orden, uno de los requisitos básicos para asegurar el buen desempeño dentro de la competitividad democrática estriba en asumir una estrategia que, haciendo uso de los diversos recursos de acción y de reacción que la misma democracia provee, pueda generar logros positivos sin atentar contra la estabilidad y la salud del sistema en general.

Lo que los salvadoreños estamos necesitando con más apremio en las actuales circunstancias es que la institucionalidad tanto política como gubernamental actúen en forma concordante con lo que demandan las necesidades prioritarias del momento. Que los actores nacionales en juego dejen la obsesión de estarse viendo sólo entre sí, para pasar a observar y a asumir en común las distintas tareas pendientes, en función de que el país en su conjunto logre salir de veras hacia adelante, en armonía y en progreso.

La retórica pública tampoco puede evitarse como tal, pero hay que ajustarla a los requerimientos de un desempeño sano y constructivo. Lo que se dice queda flotando en el ambiente, para bien y para mal, y por eso hay que cuidar cada palabra, sobre todo si proviene de aquéllos que, por sus posiciones de poder, tienen capacidad de decidir en cuestiones y en puntos fundamentales. Es lo que nos hace insistir en el imperativo de controlar la retórica política, para que no se vuelva lluvia de piedras agresoras.

Nuestro ejercicio democrático reclama y merece respeto en todos los órdenes. De eso depende, en gran medida, la suerte de este proceso que afortunadamente sigue adelante.

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  • democracia
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