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Es necesario que la política se vaya modernizando progresivamente en todos los sentidos para que el sistema nacional pueda recibir los impulsos que demanda

Lo que estamos viendo no sólo en El Salvador sino también en muchas otras partes es un dinamismo de reciclaje en las estructuras políticas, que busca dejar atrás lo tradicional para estar en condiciones de darles respuestas a los retos del presente. Esto implica garantizar más transparencia, más eficiencia y más visión inteligente.
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La modernización en el funcionamiento de la política constituye una de las más significativas tareas con rezagos dentro de lo que es la evolución nacional de posguerra. Hay que reconocer, de entrada, que en el casi cuarto de siglo transcurrido desde que concluyó la guerra por la vía del acuerdo político la democracia ha venido instalándose progresivamente en el país, y la naturalidad lograda por este fenómeno ha hecho que se le tenga ya como algo normal en el seguimiento del proceso histórico. Sin embargo, en lo referente a las actitudes y a las conductas de los actores políticos hay aún mucho camino por recorrer así como mucho esfuerzo orientador por realizar, y al ser dichos actores los que simbolizan en lo institucional y en lo personalizado los grados de maduración que va alcanzando la democracia en vivo, ese déficit de recorrido se proyecta hacia todo lo demás.

La dificultad más evidente y relevante para llegar al punto en que las fuerzas políticas puedan estar dispuestas de veras a pasar a la fase de los consensos responsables y suficientes para que la dinámica nacional se ponga a tono con las necesidades de la evolución consiste en los temores que persisten dentro de dichas fuerzas frente al despliegue de sus propias evoluciones internas. Las respectivas “alas duras” funcionan como retrancas intransigentes. Y lo que convendría es que hubiera autoanálisis que permitieran poner en evidencia que los viejos atrincheramientos ya no tienen futuro, por más que haya quienes se aferren a ellos con tozudez fuera de razón. Desde luego, hay que transformarse en orden y con las precauciones del caso, pero teniendo en cuenta que ya ningún inmovilismo, independientemente de los poderes que lo apoyen y quieran darle oxígeno, tiene posibilidades de prosperar.

La ciudadanía está pasando de la posición expectante a la actitud demandante en lo que se refiere al cambio transformador de las organizaciones políticas y de sus liderazgos. Y dentro de dichas organizaciones se están manifestando también los impulsos renovadores, como podemos verlo en estos días en el partido ARENA, que está en vías de definir su conducción de cara a los retos del momento y del inmediato futuro. Esta parece ser una tendencia más histórica que particular, y por consiguiente todo apunta a que al final se manifestará en todos los entes partidarios.

Lo que estamos viendo no sólo en El Salvador sino también en muchas otras partes es un dinamismo de reciclaje en las estructuras políticas, que busca dejar atrás lo tradicional para estar en condiciones de darles respuestas a los retos del presente. Esto implica garantizar más transparencia, más eficiencia y más visión inteligente. El desafío no es exclusivamente para los actores políticos, que desde luego son los primeros obligados a encararlo y a darle respuestas, sino también para la sociedad en su conjunto, ya que la política no es patrimonio de nadie sino responsabilidad de todos, y en tal perspectiva hay que proyectarla y procesarla.

Los políticos, por las mismas veleidades del poder, están acostumbrados a las escaramuzas y a los giros interesados; pero parece llegado el momento de pasar a una dinámica mucho más congruente con las necesidades de una práctica democrática que haga valer en todo sentido los principios que la definen como tal. Si esto se cumple con la celeridad y la profundidad debidas de seguro el país entrará en una nueva fase de su modernización integral.

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