¿Es posible un aula feliz en la actual escuela pública salvadoreña?

¿Es posible un aula feliz aun en las peores circunstancias e incertidumbres? Y no hago la pregunta sobre la escuela, sino sobre el aula, ahí donde se establece esa íntima relación entre maestro y estudiantes.
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He consultado a varios maestros cuyas escuelas están amenazadas por la violencia y a docentes que participan como estudiantes en un programa de formación organizado por el Ministerio de Educación en todo el país.

Los docentes han respondido que en un aula puede haber felicidad si el maestro, como verdadero profesional de la educación, se lo propone. Si el maestro se despoja de sus problemas y al entrar al aula se centra en los intereses de los estudiantes.

¿Y cuáles son los intereses de los estudiantes?, les pregunto. Por un lado, me dicen, los estudiantes de todos los niveles quieren afecto, cada niño o joven del grupo necesita sentirse en confianza, integrado al grupo para poder preguntar o aportar; y desde esa red invisible de cariño se fortalece la demanda central, y esto me lo recalcan, el estudiante necesita aprender. El alumno llega a la escuela a aprender y la misión del maestro es crearle condiciones para que aprenda. Aprender a hacer uso del lenguaje y de la matemática; aprender a conocer un problema y los mejores métodos para resolverlo. Aprender buenas costumbres, aprender a convivir con sus compañeros de aula; aprender a conocerse, aprender desde la tecnología. Todo esto se puede hacer desde el aula, si el maestro se lo propone y lo planifica.

De toda la escuela, el espacio cuasi mágico del aula te envuelve en una atmósfera especial. Algo así como cuando ingresamos a la iglesia y se nos cambia la mirada al transformarnos en feligreses. Ese espacio hay que apreciarlo, respetarlo y darle toda la importancia para alcanzar lo que debe ser el mayor anhelo de un docente: Hacer feliz a sus estudiantes.

Uno de los entrevistados indica que un componente indispensable para lograr una felicidad plena en el estudiante es cuando aprende algo significativo de beneficio para él y para su comunidad.

El maestro cuando planifica su trabajo debe siempre pensar en cómo el estudiante va a aprender de la mejor manera. El verdadero estratega de la educación no debe salir feliz del aula diciendo ¡cuánto he enseñado!, sino ¡cuánto han aprendido los niños o los jóvenes!

Además, me dicen los entrevistados que, en este marco, se vuelve indispensable que el maestro conozca muy bien y a fondo lo que va a enseñar y la mejor metodología para saber enseñarlo, de tal modo que los alumnos aprendan sin sentirse confundidos o atribulados.

Traigo a cuenta aquí la respuesta del joven docente de matemática Luis Alexánder Fuentes, del oriente del país: “La mayoría de estudiantes de matemática se sienten frustrados cuando no comprenden y dicen que les gusta la materia cuando la entienden” y agrega; “Para eso es fundamental que el maestro domine bien la asignatura y, por supuesto, la tecnología como un apoyo de primer orden”.

El maestro debe tomar conciencia de la gran oportunidad que tiene diariamente de ingresar en ese recinto sagrado desde donde se puede irradiar felicidad aun y en las peores circunstancias y desde donde se puede iniciar el germen de una transformación que lleve a mejorar sustancialmente la sociedad.

Tags:

  • educacion
  • escuela
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