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Es responsabilidad de todos preservar la estabilidad del régimen democrático frente a las variadas amenazas que le acechan

Ya se avecinan nuevas contiendas electorales, incluyendo la decisiva puja por la Presidencia de la República. El escenario, pues, volverá a caldearse, y eso constituye una nueva prueba para la efectividad del sistema.
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El proceder habitual de las diversas fuerzas nacionales y específicamente de sus respectivos liderazgos indica que en nuestro ambiente no hay suficiente conciencia de la responsabilidad que tenemos todos en la preservación de la estabilidad institucional, que es uno de los más relevantes frutos de la solución política de la guerra. Nuestra democracia es relativamente reciente, y por ende carece de la experiencia acumulada en el tiempo; sin embargo, el hecho de haber surgido cuando se agotaron todas las posibilidades de supervivencia del régimen autoritario tradicional y la coincidencia cronológica de su surgimiento con la puesta en escena del conflicto bélico en el terreno le han dado un sólido sustento histórico.

El momento actual es particularmente significativo para lo que se dé ahora y para lo que pueda venir después, porque por una parte el proceso nacional ha acumulado ya bastante experiencia para estar en disposición de pasar a etapas más avanzadas de su evolución y por otra parte las condiciones actuales de la realidad exigen cada vez con más apremio que se active el esfuerzo de mover todas las piezas hacia la consecución de los grandes fines que tenemos como sociedad en intensivo trance de modernización. Es como si estuviéramos abocados a reconocer en serio lo que se ha conseguido en el tránsito de las décadas más recientes para ponerlo a disposición del gran objetivo nacional, que es la convivencia pacífica y progresista.

Las amenazas contra la estabilidad institucional tienen muchas variantes, y una de las más peligrosas es el descuido en el manejo de los equilibrios dentro del esquema de poder. En este punto la clave protectora está en el aseguramiento del buen desempeño del sistema de partidos políticos, que son los gestores directos de la representación popular en lo tocante al manejo de la cosa pública. Cuando dicho sistema se debilita o entra en crisis de funcionalidad, toda la institucionalidad entra en riesgo; y es por consiguiente fundamental que tanto la ciudadanía como los partidos mismos se mantengan constantemente en alerta para evitar cualquier quebranto desestructurador. Hay que hacer todo lo necesario para trascender de eso que despectivamente se llama en el ambiente “partidocracia” hacia un esquema capaz de generar la debida confianza en el proceder partidario e institucional.

Esta no es una tarea que se pueda dejar para mañana, porque cualquier signo de que el sistema se desgasta puede derivar en consecuencias mayores. Los partidos tienen que estar en constante ejercicio de renovación, tanto de sus condiciones internas como de la forma en que ejercen sus interrelaciones. Es una gran ventaja para el país el contar con partidos permanentes y estables, y a ellos les corresponde en primer lugar hacer todo lo que sea conducente para que dicha estabilidad y dicha permanencia deriven en progreso generalizado.

Ya se avecinan nuevas contiendas electorales, incluyendo la decisiva puja por la Presidencia de la República. El escenario, pues, volverá a caldearse, y eso constituye una nueva prueba para la efectividad del sistema. Hay que estar a lo que pasa, porque en definitiva la suerte del país es la suerte de todos, y así tendríamos que asumirlo responsablemente en el día a día.

Tags:

  • democracia
  • institucionalidad
  • elecciones

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