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¿Es suficiente la conciencia?

La conciencia, en un sentido moral, es la facultad natural que tenemos los seres humanos para realizar juicios de valor sobre nuestros actos. En esa perspectiva, una mala acción puede suponer un cargo de conciencia, y una buena acción debería hacernos sentir bien con nuestra conciencia.

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Rafael Mejía Scaffini

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La conciencia debería permitirnos diferenciar lo correcto de lo incorrecto, y llamar nuestra atención sobre nuestro comportamiento para no equivocarnos. Es por eso que Pablo reconoce en la conciencia un rol de juez o testigo: "Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, estos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos" (Rom.214-15).

Sin embargo, no podemos atribuirle una autoridad absoluta a la conciencia, debido a que esta es susceptible de la influencia cultural. Es decir, la conciencia puede ser permeada por el ambiente donde cada ser humano se desarrolla, y llegar incluso a convencernos de que algo que todo el mundo hace no puede ser malo, especialmente cuando tenemos necesidad de aprobación social. Más aun, podemos aprender a callar nuestra conciencia y permitir que nuestras convicciones sean sustituidas por nuestros intereses.

Esta es la razón por la que Pablo hace referencia a varios tipos de conciencias. La conciencia pura, la cual se desarrolla después de haber conocido el amor de Dios y decidimos alinear nuestra vida a Él para agradarle y servirle. La conciencia débil, aquella que por medio de la culpa nos lleva a vivir de forma extremadamente auto exigente, al punto de paralizarnos por miedo a equivocarnos. Y la conciencia endurecida, que se desarrolla cuando decidimos vivir bajo nuestro propio gobierno, rechazando la idea de ser guiados por Dios: "Teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón; los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza" (Efes. 4. 18-19).

Fue por ello que Dios no se limitó a una sola forma de revelación. Además de la conciencia, se reveló por su Palabra, por su hijo, y aun por la naturaleza: "Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de Él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa" (Rom. 1.19-20).

Podemos concluir que la conciencia no puede ser nuestra única fuente de guía moral. Necesitamos iluminarla y aclararla con la Palabra de Dios, para aprender de su buena, agradable y perfecta voluntad. Asimismo, debemos siempre considerar la obra redentora de Cristo, donde encontramos un mensaje de perdón y reconciliación. Adicionalmente, corresponde también ser observadores de la naturaleza, que nos enseña sabiduría de vida y un sistema ordenado de funcionamiento.

Lo anterior se aclara aún más con la raíz etimológica de la palabra conciencia: "con conocimiento". Es decir, no es el hombre solo con su conciencia que puede conducirse hacia la verdad, sino el hombre con un conocimiento que está relacionado con algo o con alguien, y este alguien debería ser Dios pues Él nos dio la conciencia.

Tags:

  • conciencia
  • comportamiento
  • influencia cultural
  • revelación
  • naturaleza

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