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Es vital para el país que el esquema político se mantenga estable y en orden

Hoy que estamos a las puertas de dos elecciones realmente significativas, y a la vez de alto riesgo por lo que se juega en ellas, todos los salvadoreños tenemos que asumir la responsabilidad que nos corresponde en lo que se refiere a la suerte del país y de su proceso.
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La traumática experiencia que se vive en Honduras por efecto de los trastornos que se vienen dando ahí dentro de un proceso de elección presidencial altamente accidentado tendría que servir de advertencia ilustrativa para no caer nunca en tales extremos, que siempre son de consecuencias impredecibles. En Honduras hay una tradición bipartidista de muy larga data, y es claro que no se han hecho a lo largo del tiempo las adaptaciones necesarias para que dicha tradición se mantenga a tono con lo que la evolución requiere; en nuestro caso, la experiencia democrática es muy reciente, y en el curso del cuarto de siglo que lleva recorrida la posguerra las dos fuerzas políticas predominantes han permanecido en una especie de balance bipartidista, que a estas alturas ya necesita readecuaciones estabilizadoras.

En Honduras, la irrupción de fuerzas destinadas a hacerse valer dentro del sistema, con un propósito claramente rupturista, ha hecho que el poder tradicional se ponga en actitud abiertamente defensiva; y esto último ha producido decisiones que evidentemente quebrantan el orden establecido, como es la de poner en práctica la reelección presidencial yéndose por la vía tortuosa de una decisión judicial, pese a que la Constitución lo prohíbe de manera expresa. Como se comprueba una vez más, lo conveniente siempre es ir adaptando las realidades institucionales en forma oportuna y por los medios legales correspondientes, para no caer en quebrantos que pueden ser irreparables.

En nuestro país, los reclamos cada vez mayores que se le hacen al esquema político vigente no se deben quedar en voces sin respuesta. Como dice la sabiduría popular, más vale prevenir que lamentar; y aquí en El Salvador estamos aún a tiempo de prevenir males futuros haciendo ahora lo que la madurez política y la sensatez histórica demandan. Y eso implicaría, entre otras cosas, modernizar de veras nuestras organizaciones políticas, sentarse en serio y de manera consensuada a revisar la normativa constitucional para saber a ciencia cierta y de manera desapasionada si necesita ajustes actualizadores que tendrían que activarse en su momento, y poner todo el sistema en plan depurativo para que la confianza pueda ganar terreno.

Los desafíos de la realidad no se hacen esperar, y cuando no se les atiende en la forma debida, es muy fácil derivar hacia situaciones que, al salirse de control, lo van trastornando todo. Hoy que estamos a las puertas de dos elecciones realmente significativas, y a la vez de alto riesgo por lo que se juega en ellas, todos los salvadoreños tenemos que asumir la responsabilidad que nos corresponde en lo que se refiere a la suerte del país y de su proceso. Entes como el Tribunal Supremo Electoral se hallan en la primera fila de dicho esfuerzo, porque la limpieza y la credibilidad de los comicios y de sus resultados son esenciales para asegurar la paz política y la estabilidad estructural en todos los órdenes.

Si salimos bien parados de estas pruebas inminentes se abrirán sin duda perspectivas favorables para el buen avance de la nación en su conjunto hacia las metas de la pacificación y del desarrollo, que es lo que con tanta urgencia se está demandando desde todos los ángulos de la vida nacional. Esta es una coyuntura verdaderamente crucial para definir lo que nos espera, en lo inmediato y en lo de más largo alcance.

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