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Es vital para el sistema de vida de los salvadoreños en general que todos los espacios de convivencia estén libres del asedio de la criminalidad

Es absolutamente imprescindible recuperar por parte del orden legal todos los territorios usurpados por el crimen. En esto no hay que permitir ningún tipo de impunidad.
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El avance de la criminalidad en el terreno constituye uno de los factores más desquiciantes de la vida normal en el país, y a partir de ahí el terreno se va minando cada vez más y la atmósfera se contamina con creciente efecto venenoso. En el caso de las pandillas, que son un poder expansivo dentro de las comunidades, lo que ha venido imponiéndose es una forma de territorialización que constituye un reto sin precedentes en el país, porque ni siquiera en los tiempos del prolongado conflicto bélico que duró más de una década se vio un fenómeno disgregador de las características del que hoy padecemos. Si las cosas siguen como están, de seguro llegaremos a que el país sea un escenario radicalmente fragmentado, con las consecuencias perniciosas que eso acarrearía en forma cada vez más generalizada e irreversible.

En el marco de las acciones destinadas a lograr más efectividad en la lucha antidelincuencial se están dando iniciativas institucionales que apuntan hacia la normalización de la vida en los distintos ámbitos de nuestra realidad. En tal sentido, la Fiscalía General de la República impulsa leyes y reformas de leyes destinadas a garantizar la libre circulación de las personas, evitar el acoso que está sufriendo la población escolar por parte de las estructuras pandilleriles y aumentar las penas por la ocupación ilegal de viviendas, entre otras medidas de necesario control. Y es que las pandillas se han venido distribuyendo territorios a su gusto e interés, de tal manera que hoy el mapa social de nuestro país se halla artificiosamente fracturado en detrimento de la legalidad y en beneficio de la criminalidad.

No es de extrañar entonces que la vida en las comunidades se haya vuelto cada vez más insegura y agobiante, porque la muerte acecha por doquier sin que hasta el momento se haya hecho lo necesario para devolverle normalidad básica a la vida cotidiana. En los ámbitos educativos esto resulta verdaderamente desestabilizador, porque ni los maestros ni los estudiantes pueden acudir a sus lugares de enseñanza y de aprendizaje con la tranquilidad mínima que se requiere para cumplir con lo que les corresponde. Es como vivir permanentemente en ascuas, rodeado por toda clase de amenazas y peligros. Por ello se vuelve de real urgencia activar los correctivos apropiados que permitan salir de este grave atolladero existencial, que está ahogando a la población entera.

Si la educación se halla en crisis, la productividad no funciona como debe ser; y si la productividad está a merced de factores tan desestabilizantes no hay competitividad que pueda hacer lo suyo según lo que estamos necesitando para que el país progrese. Todo en realidad es una cadena interactiva, que hay que salvaguardar y tratar en conjunto para que se logre instalar de nuevo el vivir normal en el país, que es el único esquema en el que puede haber estabilidad y desarrollo. Nada de lo que se haga va a prosperar si no hay un basamento de paz social y de normalidad cotidiana sobre el cual puedan asentarse los esfuerzos constructivos.

Es absolutamente imprescindible recuperar por parte del orden legal todos los territorios usurpados por el crimen. En esto no hay que permitir ningún tipo de impunidad. El hecho de haberlo permitido es la señal más clara de que la autoridad se ha ido quedando a la defensiva, mientras la criminalidad va a la ofensiva, lo cual constituye una distorsión que transgrede todos los conceptos y criterios de una vida sana y civilizada.

Tags:

  • territorios
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  • pandillas
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