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Es vital para la buena marcha del país que nuestro esquema democrático se mantenga saludable en todos los sentidos

El choque sistemático entre posiciones y fuerzas políticas, por ejemplo, y la reiteración de propuestas como las que enarbola el populismo dizque revolucionario deben dejarse al margen para apuntar de veras hacia adelante.
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La sociedad salvadoreña viene padeciendo complicaciones y traumas de diversas índoles a lo largo del período de posguerra, que está ya por cumplir su primer cuarto de siglo; pero hay que reconocer con satisfacción que da perspectivas muy prometedoras el hecho de que en ningún momento de este trayecto se haya dado ninguna amenaza de ruptura del orden que se abrió hacia el futuro luego de la solución política del conflicto bélico interno. Nuestra democracia tiene aún mucho que aprender y mucho que recorrer para que pueda considerarse definitivamente arraigada en el esquema real de vida; sin embargo, las bases ya están sentadas y es responsabilidad de todos los salvadoreños, independientemente de cualquier diferencia, el contribuir a que dichas bases se afiancen cada vez más.

Tenemos un sistema de partidos políticos fundamentalmente estable, aunque sea notorio que dichas fuerzas están necesitando ponerse al día con la evolución modernizadora y responder, por encima de las ideologías, al satisfactorio desenvolvimiento del proceso nacional. Contar con un consistente esquema partidario resulta básico para que haya normalidad, estabilidad y progreso verificable. Pero dicho lo anterior, en lo que a El Salvador se refiere, si bien no existen trastornos políticos estructurales sí se requiere que la política funcione como tarea creativa en vez de hacerlo como insistencia en viejas prácticas que ya demostraron hasta la saciedad su inviabilidad histórica. El choque sistemático entre posiciones y fuerzas políticas, por ejemplo, y la reiteración de propuestas como las que enarbola el populismo dizque revolucionario deben dejarse al margen para apuntar de veras hacia adelante.

Casos como los de Venezuela y Nicaragua deben servir de ejemplo inequívoco de aquello a lo que no hay que llegar bajo ninguna circunstancia. El chavismo y el sandinismo son distorsiones que están fuera de sitio en la realidad del presente, y que han provocado ya trastornos de fondo en sus respectivos países. Hay que evitar a toda costa que algo parecido pueda llegar a instalarse entre nosotros. Afortunadamente el populismo disolvente está en todas partes con el agua al cuello y el reeleccionismo desestructurador nunca ha pegado en nuestro ambiente. En todo caso, lo que hay que promover en el país es la fortaleza institucional, comenzando por la institucionalidad política, a fin de que vayamos volviendo cada vez más racional y manejable nuestra experiencia democratizadora, que ha costado tanto y que ofrece tantas posibilidades de futuro.

La evolución salvadoreña en el plano político tiene un satisfactorio desempeño en el ámbito estructural; son los actores que se mueven dentro de ella los que todavía no están a la altura de los requerimientos evolutivos. Entendamos que nuestro proceso es ejemplar en sus orígenes y que así debemos mantenerlo en su desarrollo. Sobre esa plataforma tenemos que levantar las edificaciones permanente del progreso suficiente y equitativo que nos llevará a la estabilidad definitiva y a la convivencia pacífica sin amenazas ni atentados como los que ahora padecemos. En esa línea hay que trabajar sin descanso y sin exclusiones.

Esperamos que lo vivido hasta la fecha y lo que seguimos viviendo en el presente nos orienten para tomar las mejores decisiones como país. El Salvador es un vivero de oportunidades que hay que regar y fertilizar constantemente.

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