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Es vital para la buena marcha del país que se promuevan los factores positivos en el ambiente

La vida de los salvadoreños viene estando marcada por una negatividad creciente, que al ser tan reiterada en el tiempo ya hasta parece lo normal.
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Es vital para la buena marcha del país que se promuevan los factores positivos en el ambiente

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Esta situación de ánimo deriva de un estado de conciencia: en el curso de nuestra historia se han ido desactivando los mecanismos anímicos de la pertenencia, con las consecuencias desestructuradoras que eso acarrea. Pero también hay que reconocer, en curioso y venturoso contraste, la incidencia correctiva que al respecto van ejerciendo ciertas realidades como la emigración masiva que se activó durante la guerra y más aún en el curso de la posguerra. Ahora el sentido de pertenencia y el sentimiento de Patria reviven en las comunidades de connacionales que, instalados definitivamente en el exterior, reciben el gratificante influjo de la nostalgia.

En un ambiente donde el escepticismo y el desencanto han logrado instalarse como en casa propia no puede ser tarea fácil iniciar el esfuerzo de revertir sinceramente tales sensaciones tan arraigadas y generalizadas. Desde luego, no todo es negatividad en el día a día, porque muchísimas personas de todas las condiciones y niveles socieconómicos le apuestan a salir adelante con energía y aun con ilusión; pero sí hay que reconocer que nuestra atmósfera nacional está contaminada de sensaciones adversas y de pronósticos pesimistas, lo cual constituye un freno constante al progreso en todos los órdenes. La labor de limpieza existencial, tanto en los espacios personales como en los planos colectivos, se vuelve entonces indispensable para entrar en una nueva fase de realizaciones constructivas.

Los salvadoreños debemos recuperar proactivamente la confianza en nuestras capacidades para salir adelante. No hay que ir muy lejos para redescubrirnos como conglomerado de alta vitalidad innovadora, y el mejor ejemplo es la forma en que pudimos superar el traumático experimento de la guerra fratricida, del cual logramos proyectarnos hacia una nueva realidad en movimiento que tiene ya 25 años de existencia aleccionadora. Hoy estamos ejercitándonos en los dinamismos de la alternancia al frente del gobierno, y aunque hay que aprender mucho al respecto, en ningún momento se ha roto la continuidad del ejercicio democrático, lo cual es una muestra inequívoca de que nuestro sistema, pese a todas sus fallas e insuficiencias, está sano en lo básico, y así hay que mantenerlo para consolidar la evolución.

Lo anterior no puede servir de excusa para dejar de mover las correcciones estructurales que requiere el sistema para funcionar de veras; por el contrario, tener estabilidad básica es el más apremiante estímulo en la ruta del mejoramiento continuo en todos los sentidos. Sólo si se hace lo que ha dejado de hacerse y se va corrigiendo de manera creativa y responsable lo que no se ha hecho bien es factible avizorar futuro digno de llamarse tal. En nuestro caso, impregnar equidad en el sistema de vida es uno de los imperativos que en gran medida siguen pendientes; y también lo es el desactivar todas las formas de exclusión que siguen impidiendo que nuestra sociedad funcione como un todo integrado con sus variadas piezas en orden. A estas alturas, lo que debe imponerse sin reservas es el espíritu de nación en sus diversas expresiones.

Hay que escapar tanto del anquilosamiento tradicionalista como de la demagogia populista. Para que ese positivismo al que hemos hecho referencia pueda contar con reales posibilidades de tomar arraigo en el ambiente se requiere que las condiciones de credibilidad y de viabilidad hagan lo suyo. Estamos, sin duda, en una coyuntura de alto riesgo, y eso debería servir de acicate para decidirse de una vez por todas a entrarle con nuevos bríos al propósito de enderezar el rumbo y clarificar las metas nacionales. Nadie debe quedarse fuera de tal empeño.

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