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Es vital para la convivencia pacífica que se active una generalizada cultura de respeto

¿Y por dónde empezar? Podría ser por la promoción de lo más sencillo y cotidiano que es la urbanidad.
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Es vital para la convivencia pacífica que se active una generalizada cultura de respeto

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Si algo estamos necesitando de manera cada vez más apremiante en nuestro país es que la vida ciudadana en todos sus aspectos y niveles se rija por los principios y los criterios de una convivencia verdaderamente pacífica. Esto nunca se da de manera espontánea en ninguna parte, porque los seres humanos vivimos regidos por emociones y por pasiones que no necesitan mucho para salirse de control; por eso es indispensable siempre mantener en acción mecanismos de racionalización de las actitudes y de ordenamiento de las conductas en todos los campos de la realidad individual y colectiva. De no ser así, los riesgos de desintegración seguirán haciendo de las suyas en ruta hacia el caos.

Para que el respeto exista y funcione como norma de vida se necesita que en su base se halle permanentemente activada la cultura del convivir en armonía. Dicha cultura constituye un insustituible trasfondo nutritivo de las actitudes, las acciones y las reacciones de todos los componentes del ente poblacional. No se trata de una cultura reducida a lo intelectual, aunque desde luego los conceptos formales son siempre instrumentos de gran utilidad, sino de un acerbo de buenas prácticas inspiradas en valores como la igualdad básica, la libertad compartida y la sociabilidad actuante. Igualdad, libertad y sociabilidad deben ir de la mano para que la sociedad como un todo le haga honor a su naturaleza.

La armonía y el respeto se sustentan mutuamente. Si no hay armonía no puede prosperar el respeto; y si no hay respeto no puede fructificar la armonía. Al hablar en estos términos de inmediato nos asalta el ríspido contraste con lo que se vive en nuestro país en el desquiciado y peligroso día a día. Los salvadoreños nunca nos preocupamos ni mucho menos nos ocupamos de construir la convivencia armoniosa que hace posible la interacción pacífica. Por el contrario, lo que se fomentó estructuralmente fue la desunión y la división, hasta el punto de propiciar el conflicto fratricida. Porque por debajo de cualquier consideración ideológica o política, lo que se fue construyendo fue la despiadada violencia entre hermanos.

Hoy hemos llegado al punto en que “la vida no vale nada”, como dice el famoso canto ranchero. Y si la vida no vale nada, todas las otras desgracias vienen por añadidura. Ubicados, pues, en la situación actual, lo que se impone como exigencia insoslayable es el imperativo de darle vida a una forma nueva de ser país y de hacer país. Es como volver a la parvularia histórica, para revivir los fundamentos de la convivencia. Esto será cosa de tiempo y de constancia, de paciencia y de inspiración. Todo eso agitado en un coctel de voluntad heroica. Porque lo que más estamos necesitando es el heroísmo de la naturalidad renovadora. Todos los “heroísmos” depredadores se han quedado afortunadamente en el camino.

Hay que comenzar, entonces, por el acatamiento respetuoso de lo que nos ha venido enseñando la vida vivida. Lecciones acumuladas que forman un legajo de experiencia que habla por sí misma. Y desde ahí fundar la cultura de respeto que permitirá ir convirtiendo el diario vivir en una escuela interactiva que fomente la igualdad sin demagogias y consolide la libertad sin aspavientos. ¿Y por dónde empezar? Podría ser por la promoción de lo más sencillo y cotidiano que es la urbanidad. El respeto elemental en el trato, para darle a la atmósfera humana ventilaciones cruzadas.

La cortesía es expresión aderezada del respeto. Y también lo es el sano sentido del humor aplicado oportunamente, dejando a un lado la ironía y ya no digamos el sarcasmo. Los salvadoreños tuvimos históricamente la especialísima oportunidad de aplicar esas verdades edificantes en una coyuntura especialmente difícil: la negociación política del fin de la guerra interna. La tentación de agredirse y de ofenderse tuvo que hacer mutis por el foro. Fue como si la Providencia nos hiciera un regalo aleccionador para que lo aplicáramos sin excusas de ahí en adelante.

El respeto también va desactivando el impulso de descalificar al adversario por el mero hecho de serlo. La fijación descalificadora, que es un flagelo en nuestra vivencia polìtica, va poniendo candados por todas partes. El respeto, bien aplicado, libera energías en vez de sofrenarlas, como hacen la ofensa y el rechazo. Hay que liberarse de todos esos trastornos para hallar la salida del callejón.

Tags:

  • convivir
  • armonia
  • respeto
  • igualdad
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