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Es vital promover la paz social en los hechos, moviendo voluntades e iniciativas en la vía correcta

Se trata de abrirnos a la realidad tanto nacional como internacional, sin dependencias constrictoras ni despistes invalidantes.

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La experiencia salvadoreña en el curso de las décadas más recientes ha venido intensificando la sensación generalizada de que nuestro país es un creciente nudo de inseguridades, que lejos de disminuir se acrecientan con la acumulación de circunstancias prevalecientes en los distintos ámbitos de nuestra compleja realidad nacional. Y es que la práctica reiterada de las Administraciones Públicas a lo largo de la posguerra ha sido ir pasando por encima de los problemas políticos, sociales y económicos que aquejan al país sin animarse a ir al fondo de los mismos, para desde ahí aplicar los tratamientos pertinentes para ponerse en ruta de las soluciones que verdaderamente provean remedios eficaces y sostenibles. Y tal actitud persistente ha hecho que las condiciones nacionales se vayan complicando y agudizando cada vez más, con los resultados que están a la vista.

Lo que hay que estimular, en primer término, es la positividad del sentimiento ciudadano, para evitar a toda costa que la frustración y la cólera resultantes del descontento ganen espacios en el ámbito nacional. Dicha frustración, que venía creciendo en años recientes, tuvo una salida electoral a comienzos del corriente año, y eso ha hecho que la atmósfera política y el espectro socioeconómico estén cambiando la negatividad por la confianza. Esto, por supuesto, hay que atenderlo y trabajarlo a fondo y con un compromiso sostenido, porque se trata de que las expectativas se vayan cumpliendo en forma sistemática, conforme a lo que la gente quiere y a lo que la gente aspira.

Estamos en una época en que las energías conductoras básicas no van de arriba hacia abajo sino de abajo hacia arriba, y este decisivo cambio de movimiento estructural hace que haya que tomar, sin alternativas, una nueva dirección en todos los aspectos de la vida nacional. Tanto la ciudadanía como los distintos liderazgos existentes están en el deber imperioso e ineludible de emprender de inmediato todo lo que les corresponde para que la efectividad de sus funciones asegure la paz social, que es la base del progreso integral.

Si no hay paz social no es posible, bajo ninguna circunstancia, encaminar de veras al país hacia sus metas de desarrollo, que también hay que definir con toda precisión y pertinencia, para no andar a la deriva como ha sido lo lamentablemente acostumbrado sobre todo en los tiempos más recientes. Se trata de abrirnos a la realidad tanto nacional como internacional, sin dependencias constrictoras ni despistes invalidantes. Esta es hora de hacer proyecciones inteligentes, aprovechando al máximo todo lo que nos ofrece la realidad en sus diversas expresiones puestas al día.

La paz social, para que pueda cumplir con el rol que le corresponde, debe fundarse en dos componentes inseparables: la convivencia pacífica sin excepciones y el aseguramiento de la estabilidad basada en el imperio de la ley. Y para que todo eso se consolide en forma definitiva resulta insoslayable que tanto la convivencia pacífica como la estabilidad fundamentada en la legalidad apunten hacia el mejoramiento progresivo de las condiciones de vida de la población en su conjunto, sin distingos de origen, de clase o de ubicación.

Los salvadoreños necesitamos asegurar un mejor destino, como nación, como comunidad y como individuos. Y las líneas del ejercicio gubernamental deben ir en tal dirección, independientemente de los contenidos ideológicos.

Estamos percibiendo señales que apuntan en esa ruta, y ahora lo que hay que esperar, con el acompañamiento debido, es que tales señales avancen hasta ser una estrategia nacional permanente, para bien de todos.

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