Es vital que entre el sector público y el sector privado se genere y se mantenga una dinámica de comunicación y de interacción positivas en bien del país

En El Salvador estamos en una coyuntura en que el imperativo de racionalidad activada por todos debe ser el mejor argumento para dejar atrás los infantilismos de la confrontación y pasar a las sanas prácticas en el manejo inteligente de las diferencias.
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El Salvador vive un momento histórico muy especial, en el que los grandes problemas se hacen cada vez más agudos y complejos y la búsqueda de soluciones de vuelve cada vez más apremiante. Esto induce, por la propia naturaleza de los acontecimientos que se presentan en el diario vivir, a crear un ambiente en el que proliferan las iniciativas de toda índole, con frecuencia salpicadas de intereses sectoriales o partidarios, pero en todo caso referidas a la intensidad creciente de la problemática en juego. En las áreas gubernamentales hay muchas de esas iniciativas en acción, y desde el sector privado también se presentan propuestas que buscan incidir en el quehacer institucional, como las contenidas en el sustancioso documento que surgió del ENADE 2016.

Existen puntos especialmente críticos que han saltado a la actualidad con una fuerza sin precedentes, como la lucha contra la corrupción. También se está haciendo énfasis es el ordenamiento institucional transparente, indispensable para el buen desempeño de la vida nacional en su conjunto. En lo tocante al equilibrio y a la disciplina fiscales se expresan hoy constantemente opiniones y sugerencias para salir de los atascamientos que se han vuelto tan comunes por efecto de la irresponsabilidad que ya se volvió costumbre al respecto. Y aunque en ese campo todavía no se manifiestan ideas orgánicas en la medida que se requiere, el tema del crecimiento económico no podría dejar de estar en la primera línea de los imperativos que hay que atender cuanto antes.

No puede escapar a la percepción de nadie que vea las cosas con serenidad desapasionada el hecho de que ningún grupo o sector de la sociedad podría por su sola cuenta hacerse cargo del tratamiento y de la solución de los complicadísimos problemas que el país lleva a cuestas. Tampoco es posible disgregar metodológicamente la consideración de dichos problemas, porque todos ellos están íntimamente vinculados en la realidad. Sin ninguna duda el principal error político que se viene acumulando en el tiempo es el haber pretendiendo y en buena medida seguir pretendiendo que el poder político en funciones sea el gestor absolutista de todos los tratamientos en marcha. Esto se ha demostrado ineficaz al máximo en todas partes, y el patético ejemplo de los regímenes populistas o neopopulistas lo grafica con elocuencia inequívoca.

En El Salvador estamos en una coyuntura en que el imperativo de racionalidad activada por todos debe ser el mejor argumento para dejar atrás los infantilismos de la confrontación y pasar a las sanas prácticas en el manejo inteligente de las diferencias. Es claro que lo que hay que saber hacer con más habilidad y responsabilidad es la conjugación de dichas diferencias, no para eliminarlas como factores reales sino para impedir que se mantengan como baches y barreras en la ruta hacia el progreso nacional, que es lo que a todos más debe interesarnos.

Esperamos que no se repita el berrinche político que algunas autoridades gubernamentales escenificaron en ocasión del pasado ENADE. Lo que pedimos es que todas las fuerzas, más allá de sus orígenes y de sus líneas de acción, se decidan a actuar de veras como factores de evolución en clave de progreso. Y es que, teniendo en cuenta la madurez creciente de nuestra ciudadanía, todos deberían tener ya suficientemente claro que los verdaderos y más sólidos réditos políticos no surgen del choque destructor sino de la armonía constructiva.

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