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Esa irracionalidad que nos destruye...

Estaba terminando de leer un artículo sobre “rebeldía metafísica y nihilismo” de Albert Camus, y de repente me pregunté: ¿a quién le importa hoy la filosofía, las ideas, las teorías y el discurso...?
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Estaba terminando de leer un artículo sobre “rebeldía metafísica y nihilismo” de Albert Camus, y de repente me pregunté: ¿a quién le importa hoy la filosofía, las ideas, las teorías y el discurso...?; efectivamente a poca gente o a nadie, y por eso estamos como estamos, con un nuevo saber, aportado por las unidades de información de los memes y dichos ejemplificantes de cualquiera –y hasta malatribuidos– en las redes sociales, e impactados por la “neurociencia y el marketing”.

Esta circunstancia que vivimos de superficialidad no es un tema generacional; no se debe a los implacables “millennials”, es, sin lugar a dudas un problema del sistema educativo, el cual a través de la ineficiencia rampante ha erradicado a las humanidades, y ha superpuesto la moda STEM –Science, Technology, Engineering and Mathematics–, ya que hoy valoramos más la innovación, la productividad y la competitividad. Pero los extremos son perversos, decían los antiguos: en el centro está la virtud... necesitamos tanta ciencia y patentes, como sentido humano y reflexionar sobre la persona y su vida.

En “Filosofía ¿Para qué?” Ignacio Ellacuría nos advertía que enseñar o hablar de filosofía no es un asunto de simple erudición y cultura, y con Sócrates nos plantea la idea de filosofar como herramienta para conocernos a nosotros mismos y para entender qué hacemos, cómo nos hacemos en la sociedad, y cómo hacemos para que las cosas lleguen a ser lo que todavía no son, sobre todo las cosas falsas e injustas. A fin de cuentas la filosofía como principio de desideologización...

En una sociedad con tantos homicidios, con tanto político ladrón asolapado, con tanta ineficiencia y corrupción política, con flujos de migración que debilitan nuestro tejido social, con tantos pandilleros, con tantos evasores de impuestos, con tantos aprovechados, y con muchísima gente que desea vivir mejor y que esto cambie, ¿será importante o necesaria la filosofía?

Cada cinco años hacemos planes de gobierno, diseñamos políticas públicas, enarbolamos discursos y programas, pero las cosas están iguales o peor, y esto se debe a la falta de un sistema de ideas. En efecto, si pretendemos disminuir la pobreza, debemos ir a las causas de la pobreza y mitigar los principales factores que empobrecen a la gente; uno de ellos es la baja escolaridad, y debemos diseñar sistemas educativos eficientes –escuelas y docentes– que permitan transformar a los niños en ciudadanos de bien, productivos, felices con capacidades para pensar y alcanzar sus metas.

Pero necesitamos racionalidad, sistemas de ideas claras, desideologización, verdad, justicia, y esto lo puede aportar la filosofía a través de múltiples vías: principalmente en la escuela y en la universidad, como dice mi amigo, colega y maestro David López con maestros “Doctus, Probus et Probatur”.

Hace falta, además, en el debate de la agenda nacional personalidades pensantes –como Ignacio Ellacuría– que puedan señalar o intentar mostrar un camino hacia la civilización que queremos o necesitamos. Lamentablemente, quienes ostentan ejercer el liderazgo nacional desde las cúpulas gremiales, partidarias, civiles y religiosas no tienen la estatura racional para guiar a nadie, al contrario, nos llevan al despeñadero.

Como sea, la irracionalidad contemporánea nos está destruyendo, y una vez más –o por enésima vez– hago un llamado a los rectores universitarios, quienes podrían hacer algo por este país; su privilegiado lugar académico, distante de la clase política, es la única esperanza para definir el destino y el futuro del país. La extrema derecha quiere liberalizar los mercados y hacer dinero a toda costa, la extrema izquierda quiere controlar todo desde el Estado y dirigir la vida de la gente; ambos están equivocados, y es posible una tercera vía con más ideas, razón y sentido ciudadano...
 

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