Escena posmoderna

El día no ha tenido ni un solo respiro. Lo de siempre. Su trabajo como operador en el call-center lo ha mantenido en permanente actividad durante las horas de la jornada, salvo el brevísimo intervalo del almuerzo en su mesa de labor.
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No le ha visto la cara a nadie, pero ha estado en contacto con muchas presencias ausentes. Es el signo de los tiempos. Llega la hora de salir, y al estar en la calle tiene un pálpito de repentina indefensión.

Son las mismas edificaciones, el mismo tráfico de la hora, la misma cantidad de transeúntes apresurados, el mismo color del aire en el crepúsculo nublado. Sin embargo, hay algo que está ahí por primera vez: y ese algo es él mismo.

Por primera vez lo siente y lo sabe con esa nitidez de conciencia. Se encamina hacia la parada del bus. Lo toma. Recorre el trayecto. Llega a destino. En su casa no hay nadie. Ya vendrán. Él, entretanto, va a acomodarse al sofá ubicado en el ínfimo corredor interior que da a una barda tras de la cual hay un terreno baldío.

La indefensión reaparece. ¿Quién es él? Otra presencia ausente. Deformación profesional podría decir alguien. Y entonces las voces desconocidas se vuelven, en su interior, murmullo acompañante.

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