Escuchar a un ángel

Todo movimiento cuenta con guerreros en el frente. Cuando se trata de los derechos de los inmigrantes, es ahí, precisamente, donde encontramos a Enrique Morones.
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San Diego – Todo movimiento cuenta con guerreros en el frente. Cuando se trata de los derechos de los inmigrantes, es ahí, precisamente, donde encontramos a Enrique Morones. Este hombre de 56 años, nacido en San Diego, es el fundador y director de Border Angels (Ángeles fronterizos). Desde su incepción en 1986, este grupo defensor de los derechos de los inmigrantes ha ganado elogios nacionales por llevar agua al desierto para los inmigrantes que cruzan la frontera y –más recientemente– por censurar a los políticos que utilizan a inmigrantes como chivos expiatorios.

Morones es también mi compadre, padrino de mi hija menor. Pero eso no impediría que yo lo criticara, si pensara que se lo merece. Hace unos años, lo censuré por su política liberal, cuando expresé en mi columna que aunque su corazón está en el lugar correcto, no tengo la certeza de que su cabeza siempre lo esté. Aunque es un progresista de gran dedicación, está a la derecha de los defensores de inmigrantes más militantes. “Hay mucho de cierto en la idea de que muchos de nuestros valores como latinos, mis valores, en muchas cosas, son republicanos”, me dijo Morones, “estoy hablando de la vieja ideología republicana, que se ha perdido. Los valores de la familia, la religión, todo eso, yo los apoyo”.

Aunque “vota el 99% de las veces por los demócratas”, está harto de los juegos de ambos bandos. “¿Quién nos ataca continuamente y nos causa perjuicios?” preguntó, “ambos partidos”.

En 1998, Morones se convirtió en el primer ciudadano dual de Estados Unidos y México. Y en 2009, la Comisión de Derechos Humanos de México lo galardonó con su mayor premio –el Premio Nacional de Derechos Humanos.

Le pregunté cómo define su nacionalidad. “Nací en Estados Unidos”, dijo, “pero me considero mexicano. No soy mexicano-americano. Soy mexicano. Eso no significa que sea anti Estados Unidos. Significa que estoy orgulloso de mis raíces. Eso es todo”. Morones viaja a México a menudo. Y, cuando lo hace, no tiene pelos en la lengua para decirles a los mexicanos que deben mejorar su país. “Les digo que el futuro de México está en México, no en Estados Unidos”, expresó.

Morones logra sus fines siendo directo y persuasivo. Pero lo que no logra es reconocimiento alguno de las organizaciones en pro de los derechos de los inmigrantes con sede en Washington, que han convertido esta causa en un negocio. Morones es demasiado radical para ellas. Tienden a ignorar al activista –hasta que lo necesitan.

Morones afirma que estas entidades de la capital saben más de política que de inmigrantes. “Muchos de los que dirigen estas organizaciones nacionales no son latinos”, expresó, “así es que no comprenden, en realidad, el asunto de la inmigración como un latino”. ¿Pero no hay suficiente gloria para todos? “Algunos quieren ser centro de atención”, expresó, “no sé si es ego o si quieren estar en control o lo que sea. Yo solo quiero la oportunidad de estar frente a más grupos”. Tendrá esa chance ahora, gracias a la publicación de su nuevo libro, “The Power of One: The Story of the Border Angels” (El poder de uno: la historia de los Ángeles Fronterizos), escrito con Richard Griswold del Castillo.

El libro llega cuando los estadounidenses inician un debate nacional sobre la reforma migratoria. Una de las cuestiones en discusión es si la obtención de la ciudadanía debe ser definitoria. Morones dice que no. “A la abrumadora mayoría de los indocumentados no le importa nada la ciudadanía”, expresó, “solo quieren ser documentados”.

El Congreso podría aprobar un plan de reforma integral o tratar el asunto por partes. Morones solía preferir la primera posibilidad. Pero ahora –más desilusionado con el proceso político– se conforma con la segunda. Lo único que le importa es brindar a los migrantes mexicanos una manera segura y legal de ingresar en Estados Unidos. Así pues, le pregunté, si hay 11 millones de inmigrantes y se propone una ley que conceda categoría legal solo a 3 millones, ¿la aceptaría? “Definitivamente”, dijo, “y algunos me llamarán vendido. Y les preguntaré: ‘¿Cuántos de ustedes han visto un cuerpo muerto en el desierto? Yo he visto muchos. Mis críticos no están en el frente. Están en Washington. Para ellos, hablar es fácil”.

Las decepciones han convertido a mi amigo en un pragmático. Pero no han sofocado su pasión. “Y qué si no podemos lograr los 11 millones”, dijo, “aceptaremos los 3 millones. No nos olvidaremos de 8 millones. Seguiremos luchando”.

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© 2013, The Washington Post Writers Group

Tags:

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