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Escuchar al Espíritu Santo

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Rutilio Silvestri / rsilvestrir@gmail.com  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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El 20 de mayo, recién pasado, la Iglesia Universal celebró la fiesta de Pentecostés. El día en que el Espíritu Santo bajó sobre la Virgen Santísima y los Apóstoles en forma de lenguas de fuego. Con ello, Dios mismo inauguró el andar de la Iglesia.

Ese día, la multitud de personas que se agolpaban en torno de ellos pudo escuchar la palabra de Dios, cada uno en su propia lengua, sin confusión de ninguna clase, porque era precisamente el Espíritu Santo el que hablaba para ellos y para todos los hombres que habitarían en adelante el mundo entero con el paso de los siglos.

“Solo el Espíritu Santo nos enseña a decir: ‘Jesús es el Señor’”, afirmó el papa Francisco en una de sus homilías. Debemos abrir el corazón para escuchar al Espíritu Santo y de este modo ser capaces de dar testimonio de Jesucristo”.

Nos narra el Evangelio que Jesús dijo: “No los dejaré huérfanos, les enviaré a un abogado, el Espíritu Santo, para defenderlos ante el Padre”. El Paráclito, el Espíritu Santo, nos acompaña y nos da la seguridad, de ser salvados por Jesús. Solo el Espíritu Santo nos enseña a decir: Jesús es el Señor.

Sin el Espíritu Santo, ninguno de nosotros es capaz de decirlo, de sentirlo, de vivirlo. Jesús, en otros pasajes de este amplio razonamiento, dijo de Él: “Él los conducirá hacia la Verdad plena”, ¡nos acompañará hacia la Verdad plena! “Él les hará recordar todas las cosas que yo he dicho; les enseñará todo”.

Es decir que el Espíritu Santo es el compañero de camino de cada cristiano. También el compañero de camino de la Iglesia y de cada uno de los cristianos que nos consigue la pureza de Doctrina.

¿Pero dónde habita el Espíritu? En los Hechos de los Apóstoles encontramos la figura de Lidia, “comerciante de púrpura”, una persona que sabía hacer las cosas a la que el Señor le abrió el corazón para adherirlo a la Palabra de Dios.

El Señor le abrió el corazón para que entrara el Espíritu Santo y ella fuese hecha discípula de Jesús. Es precisamente en el corazón donde nosotros llevamos al Espíritu Santo.

La Iglesia lo llama el dulce huésped del alma, del corazón. Pero en un corazón cerrado no puede entrar. Eso es también un don. Es un don de Dios. Señor, ábreme el corazón para que entre el Espíritu y me haga comprender que Jesús es el Señor.

Debemos pedir a Dios: Señor, ábreme el corazón para que yo pueda comprender lo que Tú nos has enseñado. Para que yo pueda recordar Tus palabras. Para que yo pueda seguir Tus palabras. Para que yo llegue a la Verdad plena.

De modo que hay que tener el corazón abierto para que el Espíritu entre, y para que nosotros podamos escucharlo.

Podemos preguntarnos: ¿Yo pido al Señor la gracia de que mi corazón esté abierto? ¿Yo trato de escuchar al Espíritu Santo, sus inspiraciones, las cosas que Él dice a mi corazón para que yo vaya adelante en la vida de cristiano?

Acudamos a la Virgen, Esposa del Espíritu Santo, Madre de Dios y Madre Muestra, para que nos enseñe a escuchar las inspiraciones de Su Esposo a nosotros.

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