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Espejo evolutivo

La vida nunca se detiene, ni en lo personal ni en lo colectivo. Lo que nos corresponde hacer, entonces, en ambos planos, es asumir nuestra pertenencia a cada momento que pasa, para ejercer las funciones y las misiones que nos corresponden a medida que el tiempo va moviéndose dentro de nosotros y fuera de nosotros.
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En tales condiciones, el vivir puede ser identificado como un espejo en acción, que va dejando testimonio de nuestro tránsito. Y hay que agregar, como un elemento definidor y decisivo, que dicho tránsito, independientemente de las circunstancias precisas, es en todo caso una dinámica administrable. Estamos hablando, pues, de la administración de la vida en movimiento, o, en otras palabras, de la evolución con sentido. ¿Quiere decir esto que somos dueños de la evolución que nos toca? No hay que dramatizar al respecto: no somos dueños, pero sí gestores con derechos y con responsabilidades. Ejercer tales derechos y asumir tales responsabilidades implica saber en qué terrenos nos movemos, cuáles son las posibilidades que nos asisten y dónde están las metas alcanzables. Nada de esto puede lograrse si no nos asistimos de lo real y si no nos compenetramos con las imágenes que lo real nos revela. Eso es lo que queremos invocar cuando hablamos de espejo evolutivo. La vida nunca se detiene, y dicho espejo va siempre a nuestro lado, recogiendo los testimonios de lo que somos y de lo que queremos ser.

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