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Esperanza

Y para ahorrarnos el gasto en policías, tanquetas y fusiles, ¿por qué mejor no matamos a nuestros enemigos antes de que crezcan?

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Entiendo que matarlos por hambre o desnutrición les parezca más congruente con el actual estado de las finanzas públicas, es ideal matar sin hacer nada más que ignorar los deberes constitucionales, y que eso no cuesta un peso, pero no hay garantías de triunfo, Óscar. La resiliencia de esa gente es casi una necedad.

Tampoco envenenarles la leche garantiza nada, aunque se agradece la sugerencia, ministro. Recuerde que la mayoría de ellos no van a la escuela, o en todo caso comenzaron el año escolar pero la deserción puede más, y la idea es aniquilar completamente. ¿Tierra arrasada, no?

Además, si estos periodistas progres y mequetrefes lloriquean por las actividades extracurriculares de algunos de la corporación, ni nos imaginemos la preguntadera que les cogería.

No nos desanimemos, tenemos un punto a favor. Al fin entendimos que nada bueno puede salir de la pobreza. Que la pobreza produce pobres –gran línea, profe. De modo que los pobres son el enemigo de cara al futuro. Los pobres de hoy no son solo los pobres del mañana, sino que entre ellos inevitablemente están los delincuentes de la próxima década.

Entenderlo no es poca cosa, camaradas. Esa es una visión connatural a la historia salvadoreña. Y los descalzos perdieron siempre, desde los pipiles hasta El Mozote.

Disculpen la pausa. Por la emoción, se me secó la garganta.

Comprendo las dudas de algunos. Con tanta blandenguería política, han perdido el enfoque; una conciencia desenfocada puede volverse escrupulosa. Pero ya parémosle a tanta logística y habladera... Convengamos en que si los agarramos desprevenidos, advendría un triunfo militar inobjetable. Esa guerra sí la podemos ganar. Y no es poca cosa, desde Sánchez Hernández no ganamos una.

Y antes de que alguno acá objete mamarrachadas tipo derechos humanos, de la niñez y otras sensiblerías pequeño burguesas, le invito a que recuerde aquellas horribles noches, oculto en la montaña.

¿Qué les mantenía despiertos, pese al hambre, parados y ateridos, con piojos desde el pelo hasta las botas? ¿El espíritu bolivariano? No, Medardo, siga durmiendo.

Les mantenía esa enfermedad, ese mal endémico de ciertos pueblos que se llama esperanza. Ese germen crece y se reproduce ferozmente entre los marginales, los excluidos y los pobres. Por eso es que Jesús les tenía tanto cariño, si eran su clientela.

Claro, la esperanza que nos animaba, bueno, que les animaba a ustedes porque yo estoy acá solo de asesor estratégico, aunque siempre he admirado su causa, Normita, era la del triunfo socialista. Y digo, pues, yo sé que siguen peleando por el socialismo... desde el capitalismo... transición anticapitalista me corrige Sigfrido, gracias. Y eso que ustedes no eran pobres, sino que habían hecho la opción preferencial. Of course.

Pero estos pobres de hoy y sus esperanzas son tan poca cosa. No aspiran más que a salud digna, educación suficiente, libertad de circulación y... esto es lo más risible... seguridad adonde viven. Y después, toda esa plataforma neoliberal de espacio público, identidad nacional, igualdad sustantiva. Babosadas, pues, nada que conmueva el curso de la historia. ¿Qué van a saber de dialéctica si solo saben de hambre?

Por eso, mis estimados camaradas, antes que nuestros enemigos se contagien de esperanza y luego se les transforme en desencanto, y del desencanto pasen a la rabia, al brinco, la pertenencia y el delito, les recomiendo que nos anticipemos y que les entremos a sangre y fuego.

Al enemigo por su nombre: cualquier niño sospechoso de ser pobre, con el agravante de ser salvadoreño.

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