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Esquema de mayor dependencia y menor autosuficiencia

De acuerdo con lo que registra su historia, el país en su existencia socio, económica, política y cultural, refleja un esquema de subordinación y dependencia política que ha prescrito y limitado su forma de gobierno y el ejercicio de la voluntad ciudadana.
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La relación de dependencia está altamente influenciada por el origen de los fondos recibidos en calidad de préstamos, donaciones y por la importancia del mercado de destino de los productos que se exportan. A lo que se agrega la dependencia, cada vez más importante, de las remesas familiares como fuente de ingreso, a tal grado que este último supera al producto. Las remesas se constituyen asimismo en una fuente importante del poder de compra interno del país y de su capacidad para importar.

Esta es una forma de dependencia primaria que a la vez va generando otra secuela de sujeciones, como las de orden político que limita la voluntad soberana (a semejanza de las de nivel interpersonal, en la cual un individuo depende de otro, por el dinero que recibe de este último). Pero, se van creando otras dependencias, como la cultural a través de los medios de comunicación y la era digital, que hace que las sociedades pobres y sin capacidad de producción sean arrastradas por lo que genera la invención productiva y patrones de consumo sofisticado de países desarrollados, sin que las primeras tengan capacidad de compra, que es sustituida por una adicción al endeudamiento, hasta un sometimiento enfermizo.

Los países pobres, o menos desarrollados si se prefiere, se han visto obligados por esas sujeciones a alterar sus costumbres originales y factibles, de una estructura productiva casi autosuficiente y de apertura comercial cerrada, desviándose sustancialmente de una producción primaria, transitando por un intento de industrialización con marcadas desventajas por falta de innovación y productividad y acomodándose en un esquema de intermediación de servicios y productos básicamente importados, sentando así las bases para un esquema productivo-financiero, cada vez más dependiente.

La menor autosuficiencia, por no producir como en el pasado, los productos agrícolas de consumo básico y adoptar patrones de consumo que no nos corresponden nos empuja a un esquema financiero insostenible. Los países avanzados experimentaron una crisis en 2008 por fallas en la regulación económica (crisis crediticia, hipotecaria y de confianza en los mercados) que pareciera perdurar y limitar nuestro crecimiento.

La economía mundial está atrapada en un ciclo de bajo crecimiento y volatilidad de los mercados financieros. “El crecimiento de la productividad mundial se ha desacelerado”. Las perspectivas para la economía de América Latina son consecuentemente muy poco alentadoras y en esa tendencia figura Centroamérica y por ende El Salvador, país que ha mantenido un crecimiento menor del 3 % por varios años y sin perspectivas de rebasarlo a corto plazo.

En ese contexto, es cuando la dependencia y la incapacidad de la economía como la salvadoreña se ponen en evidencia, agravada por una polarización política, una subcultura y un clima de violencia, fenómenos, todos, distorsionantes para una sociedad y de evidentes impedimentos para el alcance mínimo de calidad de vida.

Siempre caemos en el trillado diagnóstico, porque somos comunes y mortales ciudadanos, amantes de la paz, tributantes por convicción, apartidistas, soñadores, que nos autoconsolamos (dicen otros mortales) con la alternativa o sedante espiritual: “nacer de nuevo”, que individualmente nos da la oportunidad de ser correctos y de actitud positiva.

Nos queda siempre la opción de persuadir a los tomadores de decisiones, que manejan un lenguaje práctico y egoísta: “Pongan en práctica un Acuerdo Nacional”.

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