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Establecer armonía permanente entre el sector público y el sector privado es vital en el momento presente

ahora viene otra prueba, que también hay que administrar con inteligencia y habilidad: el tránsito de un esquema de partidos tradicionales a otro de características aún indefinidas.

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Se ha hablado mucho, y ahora mismo se continúa hablando aún más, del imperativo de que todas las fuerzas de nuestro país empujen en la misma dirección y con objetivos de visión inteligentemente compartida. Esto, en un ambiente tan distorsionado tradicionalmente como es el nuestro, con gran facilidad se queda en las palabras sin consecuencias; y es lo que hemos visto ocurrir reiterativamente, sin que hasta el momento haya prosperado ningún giro hacia una reorientación creíble. Estamos emprendiendo, como institucionalidad y como sociedad, una experiencia política de nuevo cuño, y hasta hoy hay muy pocos indicios sustentados de lo que podría resultar en los hechos. Y dentro de lo mejor que podría pasar de entrada es que ninguna forma de superficialidad acapare el escenario. Lo que necesitamos es sustancialidad en acción, y no sólo para responderle la ciudadanía, sino sobre todo para responderle a la realidad que siempre tiene la última palabra, independientemente de cuándo se tarde para decirla.

Aunque los atrincheramientos ideológicos tradicionales hayan querido fragmentar la realidad a su gusto y a su conveniencia, lo que al final viene quedando a la luz es que el fenómeno real es el que acaba por imponerse; y dicho fenómeno se encarna en un juego de fuerzas, que siempre estarán ahí porque responden a la naturaleza multifacética de cualquier sociedad, en todo tiempo y lugar. En la base de dicho juego están los dos sectores que mueven el desenvolvimiento de la realidad social: el sector público y el sector privado; es decir, el que se encarga de la conducción operativa del sistema y el que se encarga de propiciar la fructificación del sistema.

Por su propia índole y por la función que les corresponde, lo público y lo privado no son intercambiables, pero sí son complementarios. Al tener en cuenta estas conexiones y estos matices, lo que hay que proponerse es que el juego de fuerzas se sostenga en tres pilares: el respeto mutuo, el espíritu de cooperación y la creatividad interactiva. Afortunadamente ya quedó atrás la época en que el extremismo ideológico se propuso romper el equilibrio natural, adjudicándole todo el poder a lo público y desarticulando la función privada. Los esquemas socialistas extremos emergieron como gestores incuestionables de progreso social y han acabado siendo muestrarios patéticos de inviabilidad irredimible.

En nuestro país, venturosamente, aunque llegó al poder una fuerza política de origen socialista al modo antiguo, las condiciones de la democratización le cerraron las puertas a cualquier aventura revolucionaria extrema, y eso tenemos que valorarlo como beneficio directo para la normalidad estructural e institucional del país; pero ahora viene otra prueba, que también hay que administrar con inteligencia y habilidad: el tránsito de un esquema de partidos tradicionales a otro de características aún indefinidas. Lo más importante para todos debería ser que esta coyuntura transicional implique una apertura hacia el progreso verdaderamente actualizado y potenciado, que es lo que nos permitiría poner al país y a todos sus integrantes en ruta hacia la estabilidad y la prosperidad que tanto se vienen demandando.

La armonía entre el sector público y el sector privado es un motor de crecimiento y de desarrollo que no tiene sustitutos. Activar dicho concepto de carácter eminentemente pragmático nos hará reafirmarnos como sociedad moderna y progresista en el mejor sentido de tales términos.

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