Estamos a prueba siempre

Cuando el año comienza todas las expectativas entran en ebullición. Pero lo que uno no espera es que el año se inaugure con una ausencia súbita.
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Es lo que me ha sucedido esta vez: el pasado 3 de enero, y sin que hubiera signos advertibles, al menos para mí, dejó de existir súbitamente Malena, mi secretaria en la Universidad. Tristísima retirada sin retorno, luego de una prolongada cotidianidad compartida. Cuando ocurren sucesos como este, y sobre todo al iniciarse el año, lo que de inmediato se nos hace consciente es la fragilidad del humano vivir. Dependemos orgánicamente del corazón que late y de la sangre que circula; y, al mismo tiempo, somos encarnación habitacional del Espíritu superior, que se nos manifiesta como espíritu con los pies desnudos en la tierra. Esta dualidad nos mantiene en vilo, y la fuerza del ser personal se mide por el equilibrio creador con que sepamos movernos en todas las circunstancias, favorables o adversas. Nos hallamos constantemente expuestos a pruebas imprevistas; y cuando son previsibles no disminuyen la ansiedad y angustia, sino que, por el contrario, pueden ser más agobiantes. Por todo ello lo que se impone es el entrenamiento emocional en función de sobrellevar lo inevitable y procesar lo evitable con miras a la progresiva autorrealización. Ahí está la clave de vivir de veras.

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