Estamos cada vez más en poder de la criminalidad, y eso hay que revertirlo cuanto antes

Es decir, lo que hemos venido sosteniendo reiteradamente: hacerles la vida imposible a los que delinquen en vez de que ellos se la hagan a la ciudadanía honrada y a la autoridad, como hoy ocurre.
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Se ha dado a conocer en estos días el primer conjunto de recomendaciones del Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana y Convivencia, con miras a encarar el gravísimo flagelo de la criminalidad en auge en el país; y ya está en el país la avanzada del grupo de Rudolph Giuliani que preparará una estrategia de lucha contra el crimen. El problema, como se viene planteando progresivamente en los distintos escenarios de la realidad nacional, constituye sin duda el desafío más apremiante de todos los que se tienen sobre la mesa, y desde hace mucho se agotó el tiempo para empezar a encararlo de una manera eficaz y sostenible. La ansiedad ciudadana al respecto se vuelve cada día más un clamor que nadie en su sano juicio puede dejar de escuchar.

No cabe duda de que nos enfrentamos, como institucionalidad y como sociedad, a una tarea correctiva y reconstructiva de gran trascendencia para el presente y para el futuro del país. A lo largo de los más de dos decenios de posguerra, nada sustantivo se ha hecho al respecto, y por eso las cosas han llegado a donde están ahora. No se puede seguir en vacilaciones y medias tintas. Como se dice en lenguaje coloquial, hay que tomar cuanto antes al toro por los cuernos, pues somos ya al respecto una sociedad atrapada y una institucionalidad neutralizada. El principal obstáculo que se viene teniendo para que la estrategia de lucha prospere es la constante dispersión de las iniciativas: se trata entonces de armar un proyecto integral, con proyecciones de corto, medio y largo plazo.

El señor Giuliani ha expresado ya públicamente algunas de las ideas básicas que hay que tener en cuenta para asegurar la eficacia del trabajo por hacer. Hay que poner a la autoridad en acción, para que recupere el terreno que hoy es controlado por los delincuentes. Es decir, lo que hemos venido sosteniendo reiteradamente: hacerles la vida imposible a los que delinquen en vez de que ellos se la hagan a la ciudadanía honrada y a la autoridad, como hoy ocurre. Y esto implica que en ningún momento hay que entrar en componendas de ningún tipo con el crimen y sus diversas estructuras, ya que hacerlo sólo fortalece a los que están y actúan al margen de la ley.

Como dice muy bien Giuliani, no se necesita “mano dura” sino “mano efectiva”. Y tal efectividad tiene que funcionar sin contemplaciones, porque el imperio de la ley en ningún momento ni circunstancia puede convertirse en moneda de cambio. Esto desde luego no quita que se consideren en el proyecto por implementar los componentes sociales del problema; pero hay que estar muy claros: si la ley no funciona tampoco podrán hacerlo la prevención y la reinserción. Es justamente sobre la base de una legalidad sólidamente aplicada que se puede construir un nuevo escenario en el que las oportunidades se hagan valer.

Muchos años de acumulación perversa se necesitaron para que llegáramos al borde de los precipicios en que nos encontramos en este momento; y, por consiguiente, no sería realista bajo ningún concepto esperar que las soluciones lleguen de inmediato. Darles el debido seguimiento a las iniciativas correctoras y normalizadoras es fundamental para lograr resultados que se vuelvan definitivos en la realidad. Aquí hay que aplicar la paciencia consistente y dejar de lado los arrebatos momentáneos. En todos los temas estructurales, y este ya se volvió uno de ellos, los cambios realistas sólo se activan si hay disciplina en el esfuerzo.

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