Estamos de nuevo en vísperas del Día del Maestro, y la ocasión es siempre oportuna para rememorar las mejores enseñanzas recibidas

Y quiero destacar al respecto que si algo fue decisivo para mi aprendizaje inicial con proyecciones hacia adelante fue la experiencia diaria del convivir democrático en el más puro sentido del término.
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Estamos de nuevo en vísperas del Día del Maestro, y la ocasión es siempre oportuna para rememorar las mejores enseñanzas recibidas

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Dentro de unos pocos días se estará celebrando una vez más, como todos los años, el Día del Maestro. Es una de las fechas con más arraigo tradicional en el ambiente, porque en ella se hace referencia sentimental a un vínculo que prácticamente existe para una enorme franja ciudadana, pues cada vez son menos los que carecen de alguna experiencia educativa formal. La relación maestro-alumno es uno de los esos lazos que marcan la vida, para bien o para mal. Por eso hay que agradecerle a la suerte el haber podido beneficiarse con un ejercicio educativo no sólo de alto nivel científico sino de profunda virtud humanizadora. Yo tuve, desde el inicio de mi trayecto vital, el beneficio de estar muy cerca de maestras y maestros que con sus lecciones y con su ejemplo marcaron mi devenir.

En verdad, la educación personal comienza desde el mismo instante en que se abren los ojos a la luz externa, y a lo mejor desde antes. Aunque es opinable, podría ser que viniéramos de otras vidas, y si es así traemos ya un equipaje de conocimientos y de vivencias que de alguna manera habrán de expresarle en nuestra vida sucesiva. Tomar la debida conciencia de este fenómeno de formación educativa permanente, desde el primer día hasta el último, es un factor esclarecedor que no es posible dejar de lado sin exponerse a pagar facturas históricas cada vez más cargantes. Y cuando se asume positivamente dicho factor se le abren al individuo personalizado espacios de realización que no tienen límites preestablecidos.

Como lo he manifestado cuantas veces me ha sido oportuno, tengo que agradecerle al destino que muy tempranamente en mi vida me puso en contacto directo con una experiencia educativa de primer nivel, como fue la que experimenté desde el primer día en las aulas y en los espacios humanos del Colegio García Flamenco. Aquello inició en enero de 1953, cuando llegué por primera vez a la casa donde estaba el Colegio, frente a la Escuela República de Francia y en los alrededores del Palacio Nacional, de la iglesia del Calvario donde se casaron mis padres y del Mercado Central. Pleno centro de San Salvador, cuando nuestra ciudad no había perdido su identidad originaria y todos los referentes urbanos tradicionales estaban intactos.

Fueron aquellos, para mí, y hoy lo puedo dimensionar en plenitud y con argumentos personales irrefutables, unos años formativos verdaderamente determinantes para mi trayectoria posterior. Y quiero destacar al respecto que si algo fue decisivo para mi aprendizaje inicial con proyecciones hacia adelante fue la experiencia diaria del convivir democrático en el más puro sentido del término. En aquel Colegio siempre se practicó una convivencia libre de prejuicios y de divisionismos: sin que nadie lo tuviera de decir explícitamente, todos éramos iguales, porque las posibles diferencias de origen social o de ubicación económica eran ajenas al comportamiento institucional cotidiano.

Vistas las cosas desde los sucesivos momentos posteriores hasta el presente no tengo la menor duda sobre el hecho de que el mejor insumo formativo fue el ejemplo, tanto de los maestros en función personal como de las enseñanzas que impartían en función inspiradora. Casi todos eran maestros en el exacto sentido del término, dedicados devotamente a su trabajo, que les servía para ganarse honradamente la vida y a la vez para realizarse en el cultivo de las mentes y las conciencias infantiles y juveniles. Y eso se iba convirtiendo en un efluvio mutuo, porque también los maestros recibían la beneficiosa respuesta anímica de sus educandos. Con un maestro de letras muy joven como era entonces Raúl Padilla Vela, que tiempo después y por razones políticas se fue a vivir a Canadá donde acaba de fallecer, tuve en Primer Curso, a mis 12 años, una especie de diálogo continuo que me motivó animosamente a entrar en más estrecho contacto con los grandes de la literatura.

Los seres humanos nunca acabamos de aprender, porque la vida es una cátedra siempre abierta. El entender esto como una realidad existencial nos ayuda a perfeccionar aptitudes, a realizar expectativas, a sobrellevar adversidades y a valorar experiencias. Desde la primera respiración hasta la última, los oxígenos vitales están a nuestra disposición, y de cada uno de nosotros depende el aprovechamiento que podamos hacer de tal recurso anímicamente renovable. La educación es reciclaje opcional, y decidirse a asumirlo como tarea humanizadora máxima nos permite reconocernos de veras como seres en evolución.
 

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