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Estamos en una era en que las lucideces conviven con los espejismos y las aperturas con los atropellos

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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Los que hemos vivido el ayer reciente y vivimos el hoy presente debemos dar testimonio del compromiso arraigado para que el mañana que todos los días está a las puertas se nos aparezca como un muestrario integrado del arte de vivir.

No podemos obviar el hecho de que los humanos de este momento, y sobre todo los más jóvenes, en especial esos que son llamados "millennials", si bien son herederos inevitables de las realidades recién pasadas, están a la expectativa de novedades existenciales que van manifestándose de manera contrastante e irreprimible. Es cierto que múltiples fronteras, que parecían de hierro sólido, hoy se vuelven pasajes de tránsito, pero eso no quita que haya por todas partes una maraña de tejidos que obstruyen el paso. Son, paradójicamente, los tejidos de la libertad, que nunca es un flujo fácil. Estamos en un momento histórico en que los impulsos aperturistas ganan energía y motivación; sin embargo, las confusiones recurrentes nublan la atmósfera humana, con anuncios de rayos y truenos y con desajustes anímicos que se multiplican como los sonidos de una orquesta sin repertorio identificable.

Hemos mencionado lucideces y espejismos, aperturas y atropellos, y esa no es una enumeración casual, porque tal convivio no tiene precedentes, y no porque dichas realidades no se hayan dado antes, sino porque lo que ocurre es una inédita convergencia de energías renovadoras en lucha contra las formas petrificadas de lo que antes parecía intocable. Y lo que está en el centro es eso que acabamos de identificar como los tejidos de la libertad: un conjunto de oportunidades de cambio que no tienen nada que ver con las tradicionales caracterizaciones del cambio. Las ideologías no están en crisis, están en desbandada, y sus resistencias a reconocerlo hace que parezca que hoy nos movamos en el vacío, cuando en verdad el terreno firme está a nuestra disposición siempre y cuando nos animemos a reconocerlo como tal.

Lo dicho en los tres párrafos anteriores me pone ante un desafío personal que debo afrontar con la máxima sinceridad de la que sea capaz: estoy muy lejos de ser un "millennial", pero eso es lo que justamente me da la perspectiva para acercarme al mundo actual como si me perteneciera por derecho. Y es que el mundo global precisamente engloba todas las dimensiones temporales, como un haz que se pone a disposición de los que ejerzan la voluntad de ser coautores de su revelación vital. Los que hemos vivido el ayer reciente y vivimos el hoy presente debemos dar testimonio del compromiso arraigado para que el mañana que todos los días está a las puertas se nos aparezca como un muestrario integrado del arte de vivir.

Las contradicciones nunca dejarán de venir a nuestro encuentro, porque eso es parte del ejercicio vital de siempre; pero lo que caracteriza al fenómeno de los días que corren es su énfasis aleccionador. Todos somos aprendices de globalidad, en el más palpitante sentido del término, y eso debe comenzar por nuestras propias mentalidades y nuestras propias conciencias. Globalicémonos por dentro, para estar en práctica permanente. Eso nos permitirá entender mejor los fenómenos que se dan afuera y que son todo un derroche de complejidades y de desconciertos. Tarea cotidiana de dimensión superior.

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