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Estamos en vísperas

Vísperas de Navidad y vísperas de un nuevo año. La Navidad es el comienzo eterno y el año nuevo es el comienzo periódico.
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Ambos, en sus respectivas dimensiones, son formas reveladoras de nuestra permanencia en el mundo. La Navidad es el recuerdo inagotable de la presencia renaciente de Dios en el mundo. En aquel humilde pesebre de Belén se emprendió una vez más con voluntad definitiva, dentro de la más humilde inspiración, el tránsito de la humanidad hacia su horizonte trascendental. Dios renacía en el perfecto anonimato entre las respiraciones envolventes de una mula y un buey. ¿Qué mejor ejemplo de pureza vivible podríamos tener? Han pasado los siglos mostrándonos a las claras que el tiempo es el mejor reconstituyente de la fe. A estas alturas la Navidad representa la más viva prueba de ello. Pero el tiempo funge también como medida de nuestra fugacidad en la tierra; y para recordárnoslo ahí nomás está el año que revive con marca astral de “nuevo”. Los seres humanos somos criaturas permanentemente reciclables, y esa es la prueba mayor de que tenemos raíces divinas, porque Dios, según todos los indicios disponibles, se reinventa sin descanso, para mantener sin mengua la frescura de la eternidad. El año que inicia, entonces, es siempre la reinvención de sí mismo, con idénticas piezas y similares colores, y a la vez viene sostenido en un hálito que nunca se repite. No es de extrañar, entonces, que estos días de vísperas nos traigan el obsequio del vivir que florece pese a todas las adversidades. Asumamos como propio –porque lo es en definitiva– el vivir que florece; y al hacerlo guardemos la tristeza en el cajón más hondo y reanimemos la alegría como la autoofrenda propia del ser. ¡Benditas sean las vísperas que nunca fallan!

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