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Estamos en vísperas de tener una nueva legislatura y en ese marco hay que cambiar de rumbo

Como hemos señalado cuantas veces ha sido oportuno, el que la opinión ciudadana, recogida en encuestas sucesivas, esté machacando en la percepción de que el país va por el rumbo incorrecto constituye ya un mensaje firme sobre lo que la gente quiere y busca: un cambio de rumbo.
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Los tiempos políticos se suceden hoy con creciente celeridad, y no porque varíe el calendario de los períodos de gestión sino porque las dinámicas que se dan en el presente se mueven con una intensidad y con una apertura de posibilidades que en otros momentos hubieran sido inimaginables. En tal esquema y dentro de unas pocas semanas, la legislatura que surgió de los comicios que tuvieron lugar el 4 de marzo recién pasado tomará posesión formal y se dispondrá a iniciar el ejercicio que le corresponde. Se trata en verdad de una nueva legislatura, y no sólo porque inicia período sino sobre todo porque las condiciones en que llega y las expectativas que la acompañan son muy diferentes a todo lo que ha venido presentándose en ocasiones similares.

Aunque muchos de los legisladores que ocuparán puestos en la legislatura que va a iniciarse ya estuvieron en la actual y en otras anteriores, y por consiguiente ya se conocen sus formas de ser y de actuar, lo que ahora todos deberían tener en cuenta es que se están dando señales para el cambio significativo en todo el ámbito de las gestiones institucionales, y dichas señales no son producto de las voluntades políticas representadas sino de la voluntad original del depositario del poder, que es la ciudadanía. Esto trae consigo una novedad mayor, que es el seguimiento cada día más puntual por parte del ojo ciudadano sobre el accionar de sus representantes en la función pública.

Ahora más que nunca, los énfasis de cambio que se van manifestando desde la sociedad civil tienen que ser recogidos y atendidos por los funcionarios de todo nivel. Como hemos señalado cuantas veces ha sido oportuno, el que la opinión ciudadana, recogida en encuestas sucesivas, esté machacando en la percepción de que el país va por el rumbo incorrecto constituye ya un mensaje firme sobre lo que la gente quiere y busca: un cambio de rumbo. Y cuando esto proviene del ciudadano común es evidente que lo que se quiere subrayar es que dentro del rumbo actual las condiciones de vida no pueden entrar en fase de verdadero mejoramiento progresivo y sustentado.

Cambiar el rumbo, pues, dentro de las perspectivas que busca desplegar la ciudadanía para beneficio general, no puede ser una posición ideológica ni una elaboración estrictamente política. El cambio de rumbo que la ciudadanía demanda y que la racionalidad aconseja tendría que partir del análisis desapasionado de las circunstancias reales del país y de sus posibilidades concretas.

Sería un cambio de rumbo enmarcado en el manejo inteligente y eficiente del pluralismo democrático, ya que implicaría la construcción de un plan de largo alcance para resolver los problemas del presente y viabilizar hacia delante las opciones de progreso. El punto de la sostenibilidad verificable se vuelve entonces cuestión decisiva.

Tenemos confianza en el proceso que vive nuestra sociedad, y lo que hay que esperar es que las respuestas institucionales vayan en armonía con los requerimientos de dicho proceso.

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