Estamos entrando en la segunda etapa del año y se hace cada vez más urgente aprovechar el tiempo para generar seguridad y credibilidad

Hay que tener presente en todo momento que en la medida que el tiempo pasa sin que se activen los mecanismos de solución de los problemas, éstos tienden a volverse más complicados y más incontrolables.
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Ha concluido la Semana Santa y nos hallamos en el umbral de la segunda etapa del año en curso, con una gran cantidad de tareas pendientes en los distintos espacios de nuestra complicada realidad. A medida que el tiempo pasa, las urgencias de solución en cada uno de los puntos no resueltos se vuelven más y más apremiantes. Es decisivo, entonces, asegurar la eficiencia de las iniciativas al más alto nivel gubernamental y además acompañar dicha eficiencia con el reforzamiento de la confianza ciudadana, que está ahora mismo casi a cero. No hay que esperar, en ningún caso, que las situaciones lleguen al límite cuando se pueden evitar los efectos indeseados si se toman a tiempo las providencias adecuadas. El ejemplo típico de esto último está en toda la temática de seguridad, que tanto golpea tanto al país como a la ciudadanía. Se vienen anunciando al respecto acciones gubernamentales focalizadas, pero en verdad de lo que se trata es de desarrollar en los hechos todo un plan de acción integral, que ataque los distintos problemas en forma coordinada y que tenga seguimiento real en el tiempo.

Hay que tener presente en todo momento que en la medida que el tiempo pasa sin que se activen los mecanismos de solución de los problemas, éstos tienden a volverse más complicados y más incontrolables. Y puestos en tal situación, lo que queda después es tomar medidas de emergencia que casi nunca resultan como se quisiera. Lo ideal, desde luego, es no llegar a ese nivel de complicación y de descontrol; pero si ya se está en él, como ocurre en El Salvador, lo pertinente es hacer un esfuerzo de racionalidad extrema, para habilitar rutas de salida realmente efectivas que conduzcan a soluciones verdaderamente satisfactorias.

En esta época, la aceleración es lo que impera en todos los sentidos de la vida tanto individual como colectiva; y al ser esto así no es admisible ninguna pérdida de tiempo, bajo ninguna excusa. Hay que entrar de inmediato en una fase de interacciones positivas entre todas las fuerzas nacionales, y hacerlo con la inteligencia del caso. No se trata de lanzar ideas al aire como si se tratara de una competencia de tiro, sino de armar proyectos que partan del trabajo reservado para que las iniciativas no se frustren antes de nacer.

Si hay un déficit desanimante y desactivador es el déficit de confianza, y por ello se vuelve cada vez más urgente sentar bases de certidumbre y de credibilidad, no sólo en la gestión pública como tal sino también en la viabilidad de lo que se hace para que los problemas salgan del estancamiento en que se encuentran. Se requieren, pues, señales inequívocas de que se avanza en la resolución de las distintas problemáticas y de que tal avance es irreversible.

Lo que no se puede permitir es que siga creciendo la sensación de que nos hallamos en un callejón sin salida, con todos los factores de la realidad en nuestra contra. Si por algo la inseguridad es tan angustiosa es porque no se ven signos de mejoría sustancial en proceso; y el sentimiento de impotencia y de frustración, que circula con tanta fuerza en la atmósfera ciudadana, actúa como el peor obstáculo para salir adelante.

Que los meses que vienen sean fructíferos en el empeño de poner a nuestro país en condición cada vez más propicia frente a los desafíos que se tienen sobre la mesa. Todos tenemos que hacer lo que nos corresponde para que eso sea así.

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