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Estamos hoy en una etapa en la que tanto la transparencia como la probidad son exigencias cada vez más imperiosas

La voluntad ciudadana será aún más decisiva para no darle a nadie ningún cheque en blanco, independientemente de las simpatías que pueden estar en juego.

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En abierto contraste con lo que ocurría en etapas anteriores del proceso del país, lo que se ha venido produciendo en los tiempos más cercanos es un surgimiento creciente de reclamos e iniciativas para mantener vigilado el accionar de los distintos entes gubernamentales, con destapes progresivos de los procederes y los actos marcados por el sello de la corrupción. Antes, el funcionamiento de las entidades públicas, y muy en particular de las ubicadas en los planos más encumbrados del poder, estuvo tradicionalmente envuelto por un velo de silencio y de impunidad verdaderamente impenetrable, y eso paradójicamente se fue haciendo más denso cuando la democracia se instaló en el ambiente como régimen de vida, hasta que la misma desfachatez de los abusos hizo que los desmanes impunes se fueran destapando de manera sucesiva, haciendo que las conductas corruptas quedaran al aire, y esto fue aún más notorio y revelador en las áreas gubernamentales superiores.

Y es que el proceso mismo va produciendo sus propios movimientos, y la situación actual así lo revela con elocuencia incuestionable. Varios factores inciden al respecto. En primer término, se ha desarticulado el esquema de dos fuerzas políticas alternantes en el ejercicio del Gobierno, y ahora estamos en una fase de indefinición sobre cuál va a ser la configuración de ese esquema de aquí en adelante. El esquema anterior ya lo tenía todo controlado, para bien y para mal. Ahora, habrá que ver qué pasa, sobre todo después de las elecciones de 2021, cuando se dará previsiblemente un nuevo equilibrio de fuerzas.

Hoy nadie está cubierto por los apaños ya institucionalizados y que fueron tan eficaces aun en el pasado más reciente, y lo que hay en estos momentos son constantes reclamos de transparencia en todos los órdenes, exigencias compulsivas para que las instituciones controladoras como la Corte de Cuentas de la República cumplan de veras y a tiempo con su papel, y denuncias persistentes en temas como el nepotismo y las decisiones abusivas que benefician a allegados. En estos puntos también es evidente que se está dando un despertar de la conciencia ciudadana, que ya no parece dispuesta a dejar pasar de largo las aberraciones institucionales, sean quienes fueren los que las propicien, encubran o aprovechen.

Y es muy sano en todo sentido que las complicidades interinstitucionales vayan quedando al descubierto, con lo cual el accionar ciudadano puede ir haciendo lo suyo en pro de la sanidad del sistema. En lo que toca a la transparencia, hay constantes exigencias de hacerla valer para que vaya desapareciendo la opacidad que impera en tantas zonas del quehacer nacional, y particularmente en las áreas públicas, donde los vicios eran cada vez más invasores. En el curso de los 30 años transcurridos desde que concluyó el conflicto bélico, ARENA gobernó en los primeros 20 y el FMLN en los siguientes 10; y esas permanencias resultaron perversas. Hoy estamos ante una nueva perspectiva, y ojalá que no se repitan los vicios; y en esto la voluntad ciudadana será aún más decisiva para no darle a nadie ningún cheque en blanco, independientemente de las simpatías que pueden estar en juego. En verdad es la responsabilidad de la ciudadanía la que debe prevalecer.

Hay, entonces, dos vigilancias que son cruciales de aquí en adelante: la vigilancia para garantizar transparencia y la vigilancia para asegurar probidad; y ambas vigilancias deber ir acompañadas de los instrumentos para hacerlas efectivas.

Los liderazgos políticos que de alguna manera se resistan a entrar en estos marcos de conducta correctiva recibirán sin duda, más temprano que tarde, el rechazo ciudadano, que es lo peor que le puede ocurrir a cualquiera dentro de la democracia.

Tags:

  • transparencia
  • voluntad ciudadana
  • corrupción
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