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Estamos más necesitados que nunca de una cultura de racionalidad que haga posible la activación de un futuro mejor

La realidad actual se ha venido volviendo en todas partes un mosaico de trastornos que no respetan fronteras de ninguna índole.
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Estamos más necesitados que nunca de una cultura de racionalidad que haga posible la activación de un futuro mejor

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La irracionalidad es también un fenómeno global, que se manifiesta de las maneras más variadas, desde la violencia irrefrenada hasta la ingenuidad patética. Ejemplo de la primera sería lo que ocurre a diario en algunas naciones del Medio Oriente, donde la explosiva mezcla de pasiones políticas y de fanatismos religiosos hace de las suyas sin control; y ejemplo de la segunda podría ser lo que mueve a gran cantidad de seguidores del candidato estadounidense Donald Trump, que imaginan que basta una retórica explosiva para controlar a su antojo las realidades del mundo presente.

Está visto ya con muestras clarísimas que la gran apertura global es también una prueba de alto riesgo y de grandes tribulaciones para una humanidad que no estaba preparada para convivir en las formas que ahora son inevitables. Pareciera como si las fronteras del pasado hubieran servido para mantener bajo control, aunque fuera de un modo muy relativo, las ansiedades derivadas de las diferencias entre razas, entre naciones y entre organizaciones de la más variada índole. Hoy, cuando las fronteras se abren por doquier, todas las inseguridades se multiplican y todas las violencias circulan haciendo de las suyas. La globalización es aún muy joven, pero sus efectos, tanto malsanos como benéficos, que también desde luego los tiene y en gran medida, dan la impresión de que han venido a quedarse.

Al intentar un juicio desapasionado sobre lo que se está presentando cotidianamente en las diversas esferas de la realidad en que estamos inmersos resalta sin evasivas un imperativo de racionalidad que ya no admite ninguna clase de excusas. Esto no significa, por supuesto que haya que renunciar a la imaginación abierta a todas las aventuras ni a la creatividad puesta en juego a todo vapor; por el contrario, de lo que estamos hablando es de abrirle caminos racionales a la libertad en todas sus expresiones, para que lo humano florezca y fructifique en todas sus potencialidades.

En el caso específico de nuestro país, lo que tenemos que lograr, con empeño generalizado y compartido, es que nuestras múltiples necesidades no se conviertan sólo en puertas de escape sino que trasciendan a ser rutas de realización. Así como pasa por doquier en este mundo de comunicaciones crecientes, necesitamos abrirnos a la multiplicación del desarrollo como esfuerzo de racionalización en el más práctico sentido del término. Y al enfocar el desarrollo como objetivo supremo de todos los esfuerzos nacionales, se hace aún más visible que las dinámicas correspondientes tienen que estar regidas por la razón histórica, que es una especie de red comunicativa de lo que somos y de lo que aspiramos a ser como colectividad humana con destino propio.

Cuando los salvadoreños tuvimos que asumir el régimen democrático por efecto del colapso del esquema autoritario arraigado con variantes a lo largo del tiempo, se nos volvió inevitable entrar en los dominios de la lógica democrática, que es la que rige dicho régimen. Y toda lógica, por naturaleza, es un ejercicio racional, lo cual conduce a reconocer que la racionalidad no es un criterio opcional sino un compromiso de base. Y al tener eso en cuenta se vuelve claramente explícito que el factor más determinante de la crónica situación de insuficiencia y de ineficiencia en la que los salvadoreños seguimos atrapados deriva, en gran medida, de no haber practicado la lógica democrática como debe ser.

La cultura de racionalidad que nombramos en el título de esta columna es sin duda un requisito vital para que el país pueda entrar en una nueva fase. Tengámoslo presente para no continuar en el círculo vicioso de lo inconsistente.

Tags:

  • realidad
  • trastornos
  • violencia
  • irracionalidad

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