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Estamos pagando las consecuencias de haber dejado hacer al crimen y de haber consentido la corrupción por tanto tiempo

Los sucesos cotidianos van presentando imágenes dramáticas del acaecer nacional en una especie de espiral sin fin, que nos mantiene a todos rodeados de la inseguridad más espesa e insufrible.
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Estamos pagando las consecuencias de haber dejado hacer al crimen y de haber consentido la corrupción por tanto tiempo

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Esto es lo último que hubiéramos imaginado después de pasar la prueba de fuego de la guerra y de venir de una situación en la que tradicionalmente la ciudadanía fue rehén del poder en funciones. ¿Cómo se explica, entonces, que se haya producido este insospechado fenómeno de posguerra, que ha postrado al país y a su gente en tantos sentidos y de tantas maneras? Es algo que no sólo hay que preguntarse con ánimo analítico sino que, sobre todo, hay que responderse con propósito de corrección en lo que sea pertinente.

La violencia de la guerra era previsible una vez que ésta se desató en el terreno, y por eso mismo podía ser más manejable en los hechos, pese a todas las destrucciones que traía consigo. Se sabe cómo son las guerras, aunque cada una tenga sus propios componentes y matices. La violencia de la posguerra no era previsible cuando ésta comenzó su desenvolvimiento en la ruta hacia un nuevo horizonte nacional, y por ende su manejo resulta mucho más complejo y aleatorio. Cada posguerra tiene su perfil, directamente vinculado con las condiciones del ambiente respectivo. Esta diferencia debería haber sido tenida en cuenta antes de que la guerra concluyera, para que la posguerra no nos hallara desprevenidos y despistados.

El arranque de este tránsito, allá en los comienzos de la década de los 90 del pasado siglo, se abrió como un pasadizo hacia aperturas de todo tipo. En nuestro caso como país lo primero que deberíamos haber hecho era plantearnos nuestro presente en clave de futuro. Esto fue necesario siempre, pero sobre todo lo fue cuando el conflicto bélico llegó a su fin, porque entonces se abría una nueva fase histórica sin precedentes en el país. El no haberlo hecho entonces nos dejó expuestos a los nuevos peligros sin preparación para encararlos. Entre esos peligros emergentes de una manera fuera de lo común en nuestra experiencia histórica están dos que muy pronto se volvieron azotes implacables: el crimen y la corrupción.

La criminalidad organizada tomó auge como nunca en los años posteriores al fin de la guerra. Y esto se dio por varios factores en suma: el repunte del narcotráfico, la fragilidad social persistente, las falencias institucionales en el nuevo escenario de la democratización, entre otros. Y lo principal: que no hubo desde el principio una política nacional que fuera a la vez preventiva y combativa. Se actuó como si lo que estaba pasando nunca fuera a convertirse en peste con características de epidemia. Y aun hoy, cuando las cosas han traspasado todos los límites, se carece de un plan integral de lucha. ¿No será suficiente para aprender lecciones la experiencia acumulada por omisión y por fragmentación?

Por otra parte, paradójicamente la posguerra renovadora en tantos sentidos se fue volviendo un escenario propicio para que la corrupción pública se expandiera de modo progresivo. Las administraciones sucesivas fueron viendo crecer esta nefasta tendencia, hasta un nivel incomparable con lo que al respecto sucedía en épocas anteriores. Pero al mismo tiempo venían emergiendo las exigencias de transparencia, que posibilitaron los destapes que hoy empiezan a dejar tantas cosas oscuras a la luz. Lo que se va conociendo al respecto desnuda múltiples procederes delincuenciales en el ámbito de la gestión pública, y el que éstos estén hoy en manos de la justicia es una señal muy viva de que algo de fondo está cambiando.

Pero, como siempre ocurre en la dinámica evolutiva de los procesos sociopolíticos, es la misma realidad imperante la que en definitiva se pone a ordenar las piezas del rompecabezas histórico. Si se tuviera la suficiente visión para prever lo que la realidad va a traer por efecto de lo que se da en cada momento todos nos ahorraríamos los trastornos previsibles y las facturas emergentes. Ojalá que lo que hoy estamos padeciendo no se repita por rutina y por dejadez.

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