Estamos ya de nuevo en Semana Santa, y como siempre el momento es oportuno para hacer ejercicios de inspiración espiritual

En los días de Semana Santa, ubicados en marzo o en abril según los movimientos lunares, todo parecía entrar en suspenso, tanto lo natural como lo ciudadano. El silencio parecía ser la norma.
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Cada época del año tiene su propia identidad y sus respectivas connotaciones. Entre marzo y abril se produce anualmente la Semana Santa, y entonces el ambiente es propicio para emprender excursiones interiores que, aunque se manejen en clave religiosa confesional, permiten ingresar en los santuarios personales, que son muy propios de cada quien. En la contemporaneidad es evidente que la diversión y el relajamiento han venido ganándole terreno a la espiritualidad, pero aun en tales circunstancias dicha espiritualidad no puede dejar de estar aquí, porque es condición y necesidad íntima del ser humano, más allá de cualquier pertenencia a credos específicos. Esas excursiones interiores a las que acabamos de hacer referencia siempre son posibles, ya que constituyen aportes purificadores del más profundo valor.

Y subrayemos entonces el concepto puesto aquí con toda intención: aportes purificadores. ¿Qué queremos decir con eso? Que los seres humanos que transitamos esta etapa histórica, tan compleja y desafiante en tantos sentidos, estamos más necesitados que nunca de hacer ejercicios que nos liberen de las dependencias, casi siempre malsanas y desfiguradoras, que obstaculizan el sano desempeño de nuestra condición humana más esencial. El Espíritu está siempre dentro de nosotros, como guía insustituible hacia la sanidad completa de alma y de cuerpo, que desde luego siempre deja pendientes tareas restaurativas por hacer, ya que en eso consiste el devenir vivificante de nuestra naturaleza. Nunca alcanzamos la perfección, pero el proponerse ir avanzando hacia ella es lo que nos da la credencial superior.

En estos días, la atmósfera física que impera normalmente en el país parece hecha a la medida para entrar en recogimiento interior. Es cierto que la mayor parte de la gente utiliza estas jornadas para ir a desestresarse en las playas o en otros lugares de esparcimiento, pero también están los que buscan la serenidad que induce a las pausas emocionales en función de propiciar reencuentros con la propia espiritualidad, tan relegada por los ajetreos cotidianos. Sería, pues, altamente edificante que aunque fuera por unos momentos todos nos decidiéramos a reencontrarnos con nuestro propio ser interior, para reconocer desde ahí las posibilidades anímicas que somos capaces de desplegar. Esto siempre es muy beneficioso para la vitalidad y la salud tanto del cuerpo como del alma. Dicho así, pareciera un propósito idealista, pero en verdad es la acción más edificante y gratificante que sea posible imaginar, porque si algo nos proporciona el oxígeno íntimo es la posibilidad de internarnos en nuestras sendas más escondidas, que a la vez son las más abiertas a los espacios de la atmósfera superior.

Hace muchos años, en mis tiempos de infancia y adolescencia, tuve en la campiña nacional las experiencias inspiradoras más vivificantes, y siempre le agradeceré a la vida que, en medio de muchos otros avatares que me rodearon prácticamente desde el nacimiento, me proporcionara el beneficio de aquel contacto imperecedero con las fabulosas expresiones rurales del país. Según las épocas del año, los árboles, los caminos, los cerros, las flores y las nubes iban cambiando como en un caleidoscopio a la vez puntual y lleno de sorpresas. En los días de Semana Santa, ubicados en marzo o en abril según los movimientos lunares, todo parecía entrar en suspenso, tanto lo natural como lo ciudadano. El silencio parecía ser la norma. Las radios sólo tocaban música sacra, en algunos momentos se suspendía el tráfico vehicular, los comercios estaban cerrados. Yo salía a los caminos de polvo entre los cerros. El aire cálido me daba la bienvenida.

Han cambiado mucho más cosas desde entonces, pero el hálito no puede desaparecer. La Semana Santa nos remonta a las escenas bíblicas, que parecen estar aquí, a nuestro alrededor. Es una simbiosis de sensaciones que no nunca se agota, aunque los tiempos se vayan por donde quieran. En este instante, por ejemplo, estoy de pie frente al heliotropo del jardín, que en estos días tiene muy pocas flores, pero las suficientes para transmitir el mensaje de la fragancia que nunca se extingue. Símbolo de la fe, cuyas raíces y cuyas ramas persisten en medio de todas las volubilidades del clima mental.

Hoy, al iniciar la Semana Santa, me refugio en mí mismo como la forma de libertad más plena que es posible alcanzar. Y desde ahí salgo hacia los horizontes ligeramente brumosos y a la vez intensamente iluminados. Los días que vienen serán de gracia.
 

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