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Estamos ya en 2020, como si nada; y dentro de algunos días reviviremos la fecha emblemática de este mes: el día 16

Y es que estar en este momento preciso de la evolución nacional e internacional nos posiciona y nos reta al mismo tiempo: lo que venimos de vivir está aquí, y debemos utilizarlo como insumo para la funcionalidad del presente y del futuro.

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David Escobar Galindo

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Acabamos de entrar en el último año de la segunda década, y estamos notoriamente abocados a una serie de proyecciones, oportunidades y desafíos de alta intensidad; y por ende debemos interiorizar todas nuestras sensaciones para estar listos anímicamente ante lo que nos toca. Y entonces resulta inevitable preguntarse: ¿Y qué es lo que nos toca? Pues en primer lugar hacer un esforzado ejercicio de racionalidad puesta a tono con las condiciones de los tiempos que corren, a fin de que todos los salvadoreños, sin distingos ni exclusiones de ninguna índole, nos vayamos sumando a la dinámica de una época en la que todo es factible conforme a la voluntad que se ponga en ello. Y esto abarca lo positivo y lo negativo, lo funcional y lo disfuncional.

Al ubicarnos en el mapa regional y al hacer un recuento específico y desprejuiciado de las realidades que se mueven en el mismo, nos queda a la vista que la situación salvadoreña, con todas sus complejidades acumuladas y sus problemas no resueltos, es sin duda la que está ahora mismo está más en consonancia con la dinámica de los tiempos actuales. Esto es reconocible tanto interna como externamente, y los signos de ello surgen cada vez con mayor elocuencia. Para citar un ejemplo muy reciente, tenemos aquí lo que pasó en la gira que hizo el Presidente de la República por Japón, la República Popular China y Qatar en el recién pasado diciembre. Los testimonios de reconocimiento y los compromisos de apoyo son notorios.

Nos hallamos, pues, en un momento muy auspicioso, que hay que potenciar y aprovechar en cuanto sea posible, sin descuidar desde luego las obligaciones y los retos que nos pone también la coyuntura presente. Y es que estar en este momento preciso de la evolución nacional e internacional nos posiciona y nos reta al mismo tiempo: lo que venimos de vivir está aquí, y debemos utilizarlo como insumo para la funcionalidad del presente y del futuro. Ese insumo es la materia prima del avance por el rumbo correcto; y la maquinaria de dicho avance tiene que ser nuestra propia voluntad tanto personal como colectiva.

Es en esa línea que hemos hecho referencia en el título de esta Columna a lo sucedido hace ya casi 28 años, en la mañana del jueves 16 de enero de 1992 en el Castillo de Chapultepec de la Ciudad de México, donde se escenificó con solemnidad plena la firma del Acuerdo de Paz que le puso fin a la Guerra de los 12 años en nuestro país. Dicha ceremonia estuvo presidida por el Presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari, en compañía del Presidente salvadoreño Alfredo Félix Cristiani, y contó con una representación internacional impresionante. Pero lo más significativo fue y sigue siendo el hecho de llegar a la pacificación por la vía política, luego de tantos años de lucha bélica en el terreno.

En verdad, la suerte de nuestro país de cara al futuro se jugó en esa lucha y en su desenlace. Si hubiera habido una victoria militar de cualquiera de los dos bandos, el retroceso histórico hubiera sido incalculable; pero por gracia divina, y sobre todo por la sabiduría de nuestro pueblo, las armas no pudieron imponerse, y así quedó abierto el espacio para que prevaleciera la razón. Lo que pasó inmediatamente después no tuvo la ejemplaridad necesaria y deseada, pero aun así se ha venido dando un avance que hay que reconocer y valorar para "ponerse las pilas" de aquí en adelante, con la constructividad requerida.

Enfoquemos, pues, con inteligencia cuidadosa, lo que llevamos vivido y experimentado, porque ahí están las lecciones orientadoras y los mensajes animadores. Este no debe ser un ejercicio teórico ni una simple investigación habilidosa, sino la búsqueda concreta de inspiraciones que nos orienten en la ruta hacia adelante, en función de las metas que el país demanda y merece. Propongámonos, entonces, que 2020 sea un año verdaderamente útil para nuestra edificación nacional en clave de desarrollo.

No nos dejemos dominar ni mucho menos vencer por ningún tipo de pesimismo o de desencanto. Hay que trabajar duro, y eso exige poner todas las energías en el empeño. Pero en el horizonte hay una iluminación siempre a la espera.

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