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Ética: antídoto a la codicia

Aunque ciertos personajes oscuros en puestos de poder sigan la máxima errónea de que el fin justifica los medios para conseguir riqueza ilegítima, esto no significa que no se pueda cambiar hacia mejores conductas éticas en todos los sectores de la sociedad: en la política, el Estado, la empresa, los sindicatos, las familias y la iglesia.
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La historia nos muestra ejemplos de personajes poderosos que actuaron con rectitud: Robert Schumann, (fundador de la Unión Europea) y el rey Balduino de Bélgica. Estoy convencida de que existe más gente honrada que corrupta. Creo firmemente que las reglas cínicas y pesimistas del libro “El príncipe”, cuyo personaje central está inspirado por las actuaciones poco transparentes del rey Fernando de Aragón, acabarán siendo sustituidas por un tipo de liderazgo ético y humanista que viene empujando la ciudadanía como esencial en los que dirigen los destinos del pueblo. ¡No en balde va creciendo la popularidad del reclamo de la gente por una CICIES en El Salvador!

La filosofía es útil para estudiar la noción de poder y de autoridad. Esta última se entiende desde esa ciencia como aquella cualidad “entendida como superioridad reconocida por otras personas a las que impone, aconseja, determina u obliga a una obediencia, a un respeto, a una creencia o a la aceptación de unos enunciados, órdenes, criterios u opiniones. La autoridad no solo no es identificable o confundible con el poder, sino que autoridad y poder son dos nociones complementarias y, en cierta forma, opuestas. Desde una perspectiva filosófica, el poder reside en la fuerza, que puede tener un origen racional, razonable o irracional (corrupto o violento), mientras que la autoridad se funda siempre en el reconocimiento voluntario, querido, consentido racionalmente, implícito o expreso” (Adolfo Muñoz Alonso).

La economía y la política tienen necesidad de la ética amigable a la persona humana para su correcto funcionamiento. En opinión de la Dra. Adela Cortina, catedrática, un comportamiento ético es el principio subyacente que debe regir a los mercados. Sin ética (conjunto de normas, deberes y reglas que guían la conducta de los individuos), los costos de transacción serán tan altos que no podría llevarse a cabo intercambio alguno. Efectivamente, la economía necesita una base de confianza y credibilidad. Ni los contratos ni los pactos funcionan (tampoco las negociaciones entre políticos y ciudadanos) sin esta base. Lo que se necesita es la moral que cree cohesión social como factor integrador. En una palabra, es imposible promover la competitividad, la desregulación, el mercado libre sin tener una base moral, porque ningún sistema económico resiste no tenerla.

Todas las organizaciones necesitan una cultura arraigada en valores y principios que se defienden y promueven, aunque la aplicación de los mismos tendrá diversa forma de hacerse. Los partidos y las empresas son organizaciones, no solo por las personas que las integran y las decisiones que toman, sino además por los valores que imperan, la conciencia que priva de estos y la cohesión que de estos se deriva. Así, la cultura corporativa es la cohesión que se genera con respecto a los valores que comparten todos los miembros de la empresa o partido. Una organización que consigue que todos sus asociados estén compartiendo ciertos valores es una entidad que estará alta de moral, que tendrá bases sólidas para anticipar, responder y crear el futuro, no para reaccionar únicamente hacia este.

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