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Experiencias devastadoras como la del huracán Harvey muestran cuán vulnerables somos todos a los embates naturales

Acontecimientos tan escalofriantes como los desatados por el huracán Harvey deben ser para nosotros más que noticias conmovedoras: tendrían que mover voluntades hacia una toma de conciencia mucho más decisiva sobre los mecanismos de responsabilidad ambiental, tanto en el campo público como en los diversos ámbitos privados.
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Si algo se ha vuelto una realidad global de proporciones impactantes y en muchos casos devastadoras son los azotes climáticos, que provienen sobre todo de huracanes de alta potencia y de incendios arrasadores. Estos fenómenos no respetan ningún tipo de fronteras, y así vemos cómo se dan con igual poder depredador en los países desarrollados y en las zonas del antes llamado Tercer Mundo. En estos días, la catástrofe desatada en el sur de Estados Unidos por el huracán Harvey viene dejando una amplia destrucción como no se había visto con consecuencias semejantes en el pasado inmediato. Esto ha activado diversidad de alarmas, porque los trastornos provocados por el “cambio climático” parecen haber llegado para quedarse, cada vez en forma de emergencias menos controlables y de daños crecientes.

Hay zonas especialmente vulnerables como son las que bordean el Atlántico caribeño por la frecuencia de huracanes de alto poder que se desatan en esta época del año; pero en verdad todos estamos expuestos a situaciones críticas por efectos del clima, que se ha venido volviendo cada vez más imprevisible. Las alarmas se disparan por doquier, y lo que ello indica es que todos tenemos que estar debidamente preparados para dar respuestas lo más efectivas que sea posible a las emergencias que nunca hay que descartar. Lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo por los impactos y las consecuencias del huracán Harvey trae a la memoria las devastaciones que produjo el huracán Katrina en 2005, con altísimos cosos humanos y económicos. Ya en Estados Unidos se están solicitando miles de millones de dólares para empezar a hacerle frente a la extensa destrucción causada por el actual fenómeno.

Casos como el comentado nos hacen volver la mirada hacia nuestra propia situación ambiental, que en muchos sentidos es tan calamitosa. Afortunadamente en nuestra área del Pacífico no golpean huracanes como ocurre en el Atlántico, pero sí hay estamos expuestos a diversos quebrantos climáticos que, aunque sean menores en comparación con los que se dan en otros ámbitos geográficos, sí son capaces de generarnos situaciones de daño significativo, como se ha visto con las sequías recurrentes y con los desbordes invernales.

Y esto nos pone de inmediato ante la evidencia reiterada de que en nuestro país no existe ni nunca ha existido una cultura ambiental que nos permita aprovechar verdaderamente nuestros recursos naturales y proteger nuestros espacios naturales de cualquier embate derivado de los trastornos climáticos. Y el hecho de que no tengamos arraigada en el ambiente esa cultura ambiental tan necesaria en cualquier circunstancia produce, como efecto de alto riesgo, que tampoco haya una estrategia ambiental sostenida en el tiempo, con lo cual quedamos siempre expuestos a todos los peligros y desastres que surjan en cualquier momento.

Acontecimientos tan escalofriantes como los desatados por el huracán Harvey deben ser para nosotros más que noticias conmovedoras: tendrían que mover voluntades hacia una toma de conciencia mucho más decisiva sobre los mecanismos de responsabilidad ambiental, tanto en el campo público como en los diversos ámbitos privados. Lo que no podemos bajo ningún pretexto o disimulo es continuar descuidando nuestra realidad natural, que es la que le sirve de soporte a la vida diaria de todos los salvadoreños.
 

Tags:

  • Harvey
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