Expresidente Araujo: estadista incomprendido de su época

En el devenir histórico de los pueblos, naciones y países, de tiempo en tiempo surgen personajes con vocación heroica, comprometidos con el noble ideal de impulsar cambios trascendentales orientados a alcanzar el bien común que asegure a las mayorías salud, educación, trabajo, libertad, justicia y paz social. Gandhi, Lincoln, Benito Juárez, Bolívar y otros son conocidos referentes de tales ejecutorias político-sociales.
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En la vida republicana de nuestro país se yergue la figura del doctor Manuel Enrique Araujo, médico de profesión, originario del departamento de Usulután, en donde nació el 12 de octubre de 1865, quien el 1.° de marzo de 1911 asumió la Presidencia de la República con el respaldo de la población, con un Gabinete de Gobierno de profesionales jóvenes y personas sensibles a las necesidades socio-políticas de El Salvador de esa época, dispuestos a impulsar cambios sustanciales que trajeran un justo desarrollo, que el ciudadano del momento sentía rezagado.

El doctor Araujo, de concepciones y pensamiento liberal, creía que su paso por la Presidencia de la República le permitiría iniciar procesos sistemáticos en materia de educación y salud, una reforma institucional financiera que asegurara la funcionalidad del Estado. En las relaciones internacionales, nacionalizó las embajadas, legaciones y consulados, compartidos con otros países o en manos de encargados extranjeros, en busca de asegurar los intereses nacionales. Apoyó las iniciativas culturales y siempre fue su principal inquietud el futuro de la juventud.

En esos tiempos esta visión de país promovida por un presidente de la República resultaba ser muy revolucionaria y posiblemente fue vista como peligrosa para los diferentes estamentos políticos y económicos que habían venido administrando el poder en el país.

El carisma del Dr. Araujo, como profesional joven de compromisos liberales, y el humanismo que expresaba al dispensar consulta médica a quien se lo solicitaba hacían de él un presidente posiblemente populista para algunos sectores, pues día tras día aumentaba su popularidad en grandes sectores de la población que lo veían como una real esperanza para sus desdichas acumuladas por muchos años.

Su patrimonio familiar y personal era de un profesional de clase media de la época, de sólida formación académica y moral, sin vínculos fuertes con estamentos económicos. Los días de concierto de la banda de los supremos poderes solía asistir al parque, junto al pueblo que lo admiraba e invitaba. ¡Definitivamente era un presidente fuera de serie!

En septiembre de 1912 apoyó con especial simpatía la fundación del Ateneo de El Salvador, integrado por jóvenes profesionales, intelectuales, periodistas, poetas, filósofos, etcétera, pues lo veía como un soporte a su gobierno empeñado en promover cambios en todos los aspectos de la vida nacional. El maestro Gavidia fue uno de los presidentes del Ateneo en esos años fundacionales.

Su pensamiento liberal sin vinculaciones con otros grupos de poder, con mucha simpatía en los sectores populares, lo ubicaba fuera de la ortodoxia política de la época.

El miércoles 4 de febrero de 1913, mientras escuchaba un concierto en el antiguo parque Bolívar fue agredido mortalmente. El 9 de ese mismo mes expiró y terminaba así una expresión de esperanza.

Hoy, 100 años después de su desaparición física, su memoria está presente en la conciencia nacional. Laureles y siemprevivas al doctor Manuel Enrique Araujo.

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