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¡Felicidades en tu día, madre querida!

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Tú y yo jugando, viendo desfilar a las hormiguitas, gozando lindos momentos, imborrables e irreemplazables, que han quedado firmemente grabados en mi corazón. Tú me enseñaste muchas cosas, pero más que nada me enseñaste a amar a Dios.

La confianza en Dios es personal, pero tú, mi amada madre, pusiste la semillita que germinó en mí y ahora está germinando en tus lindos nietos.

Gracias por tu ejemplo. Gracias por amar a Dios y a tu prójimo. Gracias por comprenderme. Gracias por dejarme seguir los sueños que Dios había puesto en mí.

Gracias por confiar en Dios y dejar que Él moldeara mi vida. Gracias por siempre estar a mi lado a pesar de la lejanía física. Gracias, gracias, gracias, por tu amor, comprensión, paciencia y confianza. Gracias por ofrecerme tu hombro en momentos difíciles y tu sonrisa en momentos de alegría. ¡Te amo tanto...! Cómo me gustaría estar contigo en este momento y darte un fuerte abrazo y un sonoro beso. Salir tú y yo a algún lugar que nuestros pies pudieran recorrer y nuestras mentes y rostros sonrieran al remontarse a los alegres recuerdos y también a las preocupaciones que sin quererlo, algunas veces, te di.

¡Cuando Dios te hizo, te hizo perfecta. Perfecta para mí y perfecta para mis hijos!

Algún día, cuando los años pasen, espero ser como Tú.

¡Que Dios te bendiga, madre querida, y que también bendiga a todas las madres salvadoreñas y muy especialmente a las abnegadas madres solteras!

Desde Estados Unidos, Sonia.

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  • Madre
  • Dios
  • amor
  • sueños

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