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Fiesta de Todos los Santos

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Rutilio Silvestri

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El 1º de noviembre, la Iglesia Universal celebra la fiesta de Todos los Santos. En esa incontable muchedumbre de almas que están ya en el Cielo gozando de Dios, la Iglesia celebra a hombres y mujeres de toda edad y condición, que murieron en la paz de Dios y gozan ya de la felicidad eterna en el Cielo.

Su fiesta es particularmente entrañable para los que aún peregrinamos en la tierra, porque entre esa multitud que alaba sin cesar al Señor hay muchos hermanos, amigos y parientes, dispuestos a interceder por nosotros.

Nos dice San Beda: Hoy, queridísimos, con una alegría de solemnidad, celebramos la festividad de todos los santos, de cuya compañía se alegran los Cielos, por cuyo patrocinio se regocija la tierra, con cuyos triunfos es coronada la Iglesia.

Se nos ofrece hoy una ocasión para acrecentar nuestra esperanza, porque la mayoría de todos esos santos, cuyos nombres desconocemos, fueron personas que procuraron cumplir en todo la voluntad de Dios.

Nos sentimos animados antes el espectáculo que nos ofrecen esas almas, y nuestros deseos de fidelidad y santidad se encienden con ardor nuevo.

Nos dice la Sagrada Liturgia de la Iglesia: ¡Qué glorioso es el reino en el que todos los santos se alegran con Jesucristo y, vestidos con estolas blancas, siguen al Cordero dondequiera que va!

También nosotros esperamos estar un día junto a ellos, unidos para siempre con nuestros hermanos en la bienaventuranza del Cielo, adorando a Dios, y diciéndole: la bendición, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fortaleza pertenecen a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén. Nos has redimido con tu Sangre, Señor Dios, de toda tribu y lengua y pueblo y nación, y nos hiciste un reino para nuestro Dios.

Todos los cristianos estamos llamados a vivir plenamente las exigencias de la caridad. Lo vemos hecho realidad en la multitud cuya festividad celebramos, hombres y mujeres que vivieron santamente en la tierra, muchos de ellos desconocidos del mundo, aunque no de Dios. Como Jesucristo nos dijo: sed vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.

Bienaventurados los pobres de espíritu –dice el Señor a aquella muchedumbre que le escuchaba y a los de todos los tiempos–, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.

¡Qué alegría pensar en todos los santos del Cielo! Fueron como nosotros: con los mismos problemas y dificultades, con idénticas esperanzas, con iguales flaquezas. Si luchamos podremos escuchar de labios del Señor, al final de nuestra vida, estas palabras consoladoras: vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo.

Mientras tanto, rogamos: oh Dios, fuente de santidad, que has hecho refulgir la multiforme maravillas de tu gracia con los santos, concédenos que podamos celebrar con ellos tu grandeza.

Nuestro trabajo diario contribuirá a que la vida cristiana llegue a las almas de nuestros amigos y de tantos desconocidos.

La Virgen Reina de todos los Santos nos ayudará a despertar en el corazón de todos las personas esta una exigencia de santidad, que es presupuesto de nuestro afán apostólico en medio del mundo.

Tags:

  • fiesta de Todos los Santos
  • esperanza
  • bienaventuranza
  • caridad

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