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Francisco; hijo pródigo y talentos

Su mensaje a comienzo de la Semana Santa fue importante, al convocar a todos a cambiar el mundo, a no permitir que la corrupción se apodere de todo o se institucionalice.
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Francisco; hijo pródigo y talentos

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Para muchos fue premonitoria la lectura del evangelio sobre el hijo pródigo que se leyó el domingo anterior al cónclave cardenalicio. Creen que la elección de un papa latinoamericano servirá para acoger a los fieles que se fueron a otras religiones, diezmando al catolicismo del 85 al 65 % en las últimas dos décadas.

Creo que contener el éxodo será consecuencia, pero no prioridad en la misión del nuevo pontífice. Francisco parece más inclinado a ayudar a América Latina a entender cómo ha desaprovechado los talentos, aquellos que abrazaba el canto soñador de Nino Bravo, para afirmar que “cuando Dios hizo el edén, pensó en América”.

El énfasis de las primeras enseñanzas políticas de Francisco –evidentes en la reedición de su libro “Pecadores sí, corruptos, no”– hablan de combatir la corrupción para desactivar la pobreza, la desigualdad y la inseguridad, los peores vicios que carcomen a los países latinoamericanos.

Aunque su misión no es política, es evidente que su presencia y tarea pastoral influirán cambios en la región, como ocurrió en Argentina, donde el Gobierno manifestó predisposición al diálogo, algo inaudito antes de la primera audiencia de Cristina Kirchner en el Vaticano.

Francisco es un papa que la gente siente cercano por origen, actitudes y ejemplos. Que le dio nuevo valor a la humildad y a la austeridad, que considera que los peores pecados son la soberbia individual y la corrupción política, como describe en su biografía el jesuita, y donde señala que lo único que dignifica a la persona es el trabajo, cuya búsqueda es misión primordial del Estado.

La elección de Francisco no es tanto una revolución por su origen, como por ser parte de una región que todavía, pese a que vivió gobiernos de todas las tendencias, no pudo descifrar cómo abrazar sus talentos, donde la desigualdad alcanza niveles vergonzantes hasta en países tan democráticos y desarrollados como Chile y Costa Rica.

Si bien la región está mucho mejor que antes, debido a mayor riqueza por la bonanza de las exportaciones de materias prima y a una mayor estabilidad política, todavía existen grandes bolsones de pobreza. El último informe del Banco Mundial, de fines de 2012, revela un aumento del 50 % en el número de personas que accedieron a la clase media en la última década, con casos de éxito en Brasil, México y Colombia.

Sin embargo, todavía existe una tercera parte de la población –167 millones– de pobres y aunque la desigualdad ha disminuido debido a mayor tasa de empleo y acceso a la educación, como señala la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en su informe de 2012, América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo, teniendo a 10 de los 15 países más desiguales, entre los que destacan Haití y Bolivia. La inseguridad pública es también otro índice desesperanzador. Algunas zonas de América Latina, en especial de Centroamérica, tienen las tasas de homicidios más altas del mundo. Pero no solo la violencia es el problema, sino la impunidad. En muchos países existe un profundo déficit en los sistemas de justicia, los cuales son tironeados por los gobiernos para hacerlos más leales que eficientes, lo que deriva en la generación de sistemas de seguridad privados, a los que no pueden acceder los más pobres.

Lo peor es que todos estos índices se potencian debido a la corrupción, la que está en aumento en la región, según el último informe de Transparencia Internacional. La corrupción genera un círculo vicioso en el que se debilita la democracia, se fomenta la violencia y el crimen organizado y aumenta la desigualdad y la pobreza.

Como conocedor de las realidades de la región, el papa Francisco, sin dudas, será fuente de inspiración para luchar contra ese círculo vicioso, además del mandato prioritario que asumió para combatir la corrupción interna de la Iglesia, lo que servirá de ejemplo.

Su mensaje a comienzo de la Semana Santa fue importante, al convocar a todos a cambiar el mundo, a no permitir que la corrupción se apodere de todo o se institucionalice y a no desfallecer en el intento: “No debemos creer al maligno que nos dice: no puedes hacer nada contra la violencia, contra la corrupción, la injusticia, contra los pecados. Jamás debemos acostumbrarnos al mal”.

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