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Frente a la crisis

En la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad de El Salvador, maestros como Reynaldo Galindo Pohl, en su cátedra de Filosofía, planteaba que la simple referencia al derecho daba lugar a una amplia y profunda confrontación de ideas. Que en esa confrontación, la fortaleza de las ideas reposa estrictamente en la razón. Por su lado, el maestro José Salvador Guandique, en Sociología, hacía referencia a la realidad del derecho y a su sentido, en conjunción con la realidad y el sentido del Estado.
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Si el derecho como norma es pensamiento, este se dirige a ordenar la conducta humana, que viene a constituir en su momento la realidad conforme o no conforme al derecho. La grandeza del derecho radica en la metodología para su creación, aplicación y reparación. Esta metodología es también incorporada imperativamente como norma jurídica. La confrontación de ideas emerge ante el olvido o la evasión de aquella metodología prescrita expresamente en todo orden jurídico: el derecho se modifica o reforma exactamente mediante el mismo procedimiento de su creación o establecimiento original.

El fenómeno de la alteración de disposiciones constitucionales, con el beneplácito de unos, el asombro de otros y la censura de muchos, apunta el dato sociológico de la contraposición de opiniones. Cabe plantear: ¿cuál es la idea? ¿Defender la Constitución? Esto, de ser así, daría lugar a confirmar sus enunciados dispuestos en las respectivas disposiciones en las correspondientes resoluciones o fallos.

Empero, si en lugar de aquella confirmación o congruencia, con alegación de interpretar la Constitución, los fallos disponen de un asunto contrapuesto o distinto al prescrito, la mera lógica da lugar a concluir su vulneración a cuenta de una falsa defensa.

Entre aplausos y silbadera, tirios y troyanos confrontan mientras la fiesta y la indignación se elevan, también cabe plantear hacia dónde nos llevan, porque el ruido de unos y otros parece tormenta: es la crisis.

Ante aquella –la crisis– surgen interrogantes múltiples. Las corrientes ideológicas actuales se polarizan y profundizan la angustia. Si la Constitución reza una cosa y la interpretación la niega para anteponer otra, ¿qué normas o que Constitución vendrá a sustituir a la que supuestamente rige ahora? La crisis forma cierta bruma que niega claridad a la visión, esto la distingue de la revolución. La mera crisis desorienta, confunde y, lo que es peor, no hay objetivos definidos. La revolución, al contrario, indica con claridad sus ideales con desplazamiento de los caducos.

En el ambiente caótico anárquico hay un común señalamiento entre la intelectualidad y la gente humilde: aquí no se cumplen las leyes. Aquí no se cumplen los roles correspondientes. Las diferencias emergen al señalar a los responsables y así va pasando el tiempo que profundiza las dudas y el azoro indescriptible ante semejante problema.

A todo esto, ¿qué se hizo el Estado? O ¿qué se ha hecho el Estado? Y si aparece ¿podrá hacer algo para ordenar tanto desorden? No dirán algunos, no queremos autoritarismo. Alfred Weber, en su “Historia de la cultura”, atisba así la cuestión: “Lo que se ha convertido en problemático respecto al Estado, no es solo su forma constitucional.

Más bien lo que vacila es el conjunto de principios de vida elaborados a lo largo de los siglos sobre los cuales se basaba el Estado occidental…”

Debemos señalar que los principios básicos de cualquier institución son postulados que se forman por su constante reiteración histórica y práctica. Por eso señalamos el principio metodológico referido al inicio. Este es uno de muchos que ha sido lanzado estrepitosamente por quienes debían dar ejemplo de su cumplimiento.

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