Frente a la crisis de valores hay que hacer los máximos esfuerzos posibles para recuperar identidad y generar confianza

Hay que insistir en la recuperación de valores, pero no como algo aislado, sino como parte viva de un propósito mayor: hacer de El Salvador un autoejemplo de renovación en todos los órdenes, y, por consecuencia, un ejemplo para los demás en este mundo que se abre como nunca antes.
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Padecemos en el país una crisis de valores que abarca todos los órdenes de la vida nacional, y eso ya prácticamente nadie lo cuestiona como un hecho cierto. Dicha crisis no sólo afecta las conductas que se van dando en el día a día en los más variados ámbitos del quehacer humano, tanto público como privado, sino que constituye una especie de siembra persistente de distorsiones y de incertidumbres, que produce innumerables brotes negativos y adversos con consecuencias en cadena.

Como reacción saludable ante todo ello, estamos viendo aparecer algunos signos que dan señales de que el país puede enderezar su rumbo y ponerse al servicio de sí mismo de la mejor manera posible. Uno de esos signos es el creciente impulso de la juventud, que está demandando en forma cada vez más elocuente el puesto que le corresponde en la construcción del destino nacional. Y este despertar propositivo trae una demanda complementaria: que las generaciones que ya se hallan instaladas en sus respectivas posiciones se vuelvan educadoras y orientadoras con el ejemplo, que es lo que deben hacer siempre.

Uno de los efectos más erosivos que derivan de la crisis de valores a la que estamos haciendo referencia es el deterioro de la identidad nacional, sin cuyo sostén todo parece quedar a merced de cuantas volatilidades coyunturales vayan saliendo al paso. Y eso es lo que estamos viendo y experimentando en esta hora del país, en la que nada parece estar asentado sobre fundamentos seguros. En tales condiciones, lo más imperioso es recomponer el esquema de relaciones entre los diferentes actores nacionales, para que despunte la interacción constructiva, a partir de la cual será factible definir tratamientos idóneos en la ruta de las soluciones a los más agudos y complejos problemas nacionales.

Dadas las condiciones en que actualmente nos movemos, se vuelve inaplazable la dinamización de todas las iniciativas saludablemente renovadoras que vayan surgiendo desde los distintos ángulos de la sociedad. Y si por algo es malsana la obsesiva confrontación política que se vive en el ambiente es porque les cierra las puertas no sólo a los entendimientos posibles sino también a las derivaciones beneficiosas de tales entendimientos. Entre la crisis de valores y la crisis de eficiencia que tan agudamente se hacen sentir está algo que se menciona menos pero que es un factor de muy alto riesgo para el sistema en general: la amenaza constante de una crisis de gobernabilidad, que aún no se manifiesta con toda su carga de efectos paralizadores, pero que sin duda asoma a cada instante con indicios muy peligrosos.

Si todos nos concienciamos de veras, a fondo y sin reservas, de que en primer lugar tenemos que asumir los retos de nuestra identidad en los órdenes fundamentales –el humano, el político, el económico y el social–, de seguro podremos entrar en el carril de las realizaciones bien administradas que nos posicionen tanto interna como externamente en el lugar que históricamente nos corresponde.

Hay que insistir en la recuperación de valores, pero no como algo aislado, sino como parte viva de un propósito mayor: hacer de El Salvador un autoejemplo de renovación en todos los órdenes, y, por consecuencia, un ejemplo para los demás en este mundo que se abre como nunca antes.
 

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