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Frijolitos

Yo también estaría encachimbado.

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Foto: archivo

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Muchos meses antes de llegar al poder, el grupo que rodea a Nayib Bukele ya establecía la agenda de la opinión pública. Semana a semana, a veces con magistrales manipulaciones y en otras con chabacanas charadas, ellos han decidido de qué se habla en El Salvador.

Antes de las elecciones, el ingrediente común de ese manoseo de la atención ciudadana fue derrocar "a los mismos de siempre". Una vez consumado el triunfo electoral de Gana, la comunicación política de esta facción es ahora más efectiva, multiplicada merced al control del aparato del Estado, a la ampliación del círculo de influencia económico de Bukele y a la contratación de un ejército de periodistas para alimentar su plataforma.

Su leitmotiv ya no es cargar contra los dinosaurios de la política, sino transmitir la sensación de movimiento, de que el país avanza "gracias" a la genialidad del líder, un caudillo que además se distingue porque entre la gente y él no hay intermediarios toda vez que "no tiene partido". 

La red social del presidente es un divertimento temático, es como tener Netflix sin pagar un pesito, con un menú que va desde el thriller del puente Chichilco hasta el culebrón del Desfile de las Rosas.

Cuenta a su favor con un rasgo inherente a esta época: la percepción de la realidad es fragmentada, fácilmente alienable, ciegos todos persiguiendo al ruido, ponle un hashtag y allá nos vemos. Ya sea por incapacidad para el análisis, por agotamiento o por intimidación, a lo que queda del periodismo, de la iglesia y de la academia no les está quedando tiempo para acompañar a la sociedad en su crónica ni para explicarle a la nación de qué se trata esta época.

Esa ausencia de fiscalización ciudadana le permite a Bukele desarrollar un discurso inconsistente, a veces con olorcillo demócrata y las más con un hedor dictatorial. Lo que en otra época habría sido caracterizado como frivolidad ideológica o mera propaganda oportunista, no mejor que lo que hacía el PCN en las décadas perdidas, ahora es admirado como versatilidad milenial.

Y entonces, cuando te vas acostumbrando a gobernar así, de ese modo relajado, protegido de la curiosidad, creyendo que una luna de miel puede durar cinco años, se te cruzan unos reporteros (malditos reporteros) y te preguntan sobre Guillermo Gallegos. Y los que te llevan las métricas te informan que debes responder sí o sí porque es trending, el país está hablando del nepotismo del vice de la Asamblea, con el agravante de que fue uno de los padrinos de tu presidencia. Sí, es que la gente sabe que estás en la silla gracias a Gana, pues. Y te vas enterando de que es posible, sólo posible, que la opinión pública sea un animal silvestre eventualmente rabioso, no un chihuahua doméstico para sacar a pasear.

Y te encachimbas. 

E improvisas, e insinúas que aunque haya pruebas contundentes de que cuatro cuñados y ocho parientes de la esposa del diputado oficialista han medrado gracias al erario público, lo importante es averiguar ¿por qué se investiga precisamente a Gallegos? Y luego haces una perorata sobre cherocracia, le tiras basura a un partido que ni siquiera ha competido en las elecciones, se te ocurre desacreditar ad hominem a uno de los denunciantes y reconoces que no te has enterado del asunto sino sólo a través de tuits (¡auch!). 

No es tu mejor hora, vaya. Pero, hombre, quieres dirigir la opinión pública como quien juega al ajedrez, y viniendo de donde vienes y siendo lo que eres, tus piezas no son enigmáticas torres ni elegantes alfiles sino los frijolitos llenos de gorgojos de Guillermo Gallegos.

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