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¿Fue un ángel...? Década de 1980

Eran los años más sangrientos del conflicto fratricida durante la década de los ochenta cuando se sucedían “toques de queda” establecidos por el gobierno en diferentes horas del día y de la noche.
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Esto significaba que nadie podía circular en ninguna forma entre las horas establecidas como comienzo y final de los “toques de queda”. El “toque” en esta ocasión que comento funcionaba a partir de las 8 de la noche hasta las 6 de la mañana del día siguiente. Nadie podía circular entre esas horas sin riesgo de morir acribillado por las balas del ejército o por “fuego cruzado”.

Regresabade un pequeño lote en Zapotitán donde cultivaba arroz, alrededor de las 6 de la tarde, por la carretera que de Sonsonate conduce a San Salvador. Mi destino era Ciudad Merliot. En días anteriores se había estado comentando entre los agricultores y moradores del Valle de Zapotitán y poblaciones vecinas que entre los pueblos de Ateos y Lourdes, en un lugar muy solitario, estaban ocurriendo asaltos y secuestros con bastante frecuencia. Comenzaba a oscurecer y todos los vehículos corrían veloces en las dos direcciones, con ocupantes que buscaban ansiosos la seguridad de sus casas.

Repentinamente mi camioncito se detuvo –precisamente en “ese sitio solitario”– y no me fue posible arrancarlo a pesar de muchos intentos. Lo que se me ocurrió fue llevarlo a la orilla de la carretera a impulsos de batería. Me bajé y agitando mis brazos demandaba ayuda de los vehículos que pasaban sin reparar en mí. A esa hora todos corrían atemorizados porque el “toque de queda” se acercaba. Era angustioso. Mis pensamientos volaban hacia mi esposa y mi hijo que a esa hora ya debían de estar muy preocupados porque yo no llegaba... ¿Cómo hacerles saber que yo estaba bien pero que mi vehículo estaba inmovilizado por falta de combustible –el marcador se había dañado– y que no podría llegar sino hasta el día siguiente si nada me ocurría en el transcurso de la noche...?

No hay más que hacer, pensé, debo subir los vidrios y encerrarme dentro del vehículo. De repente vi unas luces fuertes que venían de oriente a poniente, hacia Sonsonate; yo me dirigía hacia Ciudad Merliot. Sorpresivamente las luces se detuvieron en el carril contrario, casi enfrente de donde estaba yo. Era un autobús y no le vi letreros ni rótulos. No llevaba pasajeros, solo iba el motorista. Corrí a preguntarle si me podía vender diésel. Me respondió que su vehículo era de gasolina pero que me llevaría a una gasolinera que estaba en sentido contrario y a varios kilómetros de donde me había quedado. Tenemos que apurarnos, me dijo, porque dentro de poco van a cerrar. Cuando llegamos ya estaban apagando las luces pero me vendieron un envase y diésel.

En el camino de regreso le comenté al motorista que al terminarse el diésel a mi camioncito la bomba se llenaba de aire y costaba bastante volver a arrancar el motor. Me contestó que iba a poner las luces de su vehículo frente a mi vehículo para que echara el combustible. Cuando llegamos así lo hizo. Me gritó al ratito: “Enciéndalo”. Di vuelta a la llave y para mi sorpresa inmediatamente arrancó el motor. Me bajé y corrí hacia donde mi auxiliador a preguntarle cuánto le debía y sencillamente me respondió: “Nada. Váyase rápido”. Yo insistí y no me aceptó dinero. Un tanto cohibido le dije : “Por favor, dígame su nombre, usted ha sido un ángel para mí y para mi familia”. Mi nombre es Ángel, me respondió, y me repitió despacio: “Miguel... Ángel”. Entré a mi vehículo un tanto confundido y “Miguel Ángel” siguió su camino hacia Sonsonate y yo hacia Ciudad Merliot.

Llegué a mi hogar faltando escasos minutos para que comenzara el “toque de queda”. Mi esposa y mi hijo estaban preocupadísimos, pero al verme llegar les brillaron los ojos de regocijo.

Días después de esta vivencia, que todavía recuerdo con estremecimiento y gozo, encontré en un Diccionario Bíblico que “Miguel” significa: “¡Quién como Dios!” Quedé preguntándome por varios días, ¿lo que me pasó fue casualidad o fue milagro? Si fue “casualidad” que el hombre que me ayudó se llamaba Miguel Ángel, pues este hombre arriesgó su vida al ayudarme... Pero yo me atrevo a asegurar que no era un hombre corriente... ¡Era un verdadero Ángel...! Ángel sin alas.

A pesar de todas mis faltas me siento amado y perdonado por Dios. Salmo 34 : 7 (Protección divina).
 

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