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Gasto público: prioridades y austeridad

Por razones ajenas a mi voluntad, no pude asistir a la pasada Rendición de Cuentas del Ministerio de Hacienda, para la cual, como siempre, había recibido una invitación personal.
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Así perdí la oportunidad de conocer de primera mano el informe quizás más importante que ha rendido el señor ministro, por el riesgo cada vez más cercano de que las finanzas públicas colapsen. Pero igual recibí la versión electrónica del informe, que sin duda confirma muchas de las preocupaciones que comparto con todos aquellos conscientes de la delicada situación fiscal, con todas las consecuencias que supone su manejo irresponsable.

Conociendo la franqueza del ministro, supongo que en la versión presencial reiteró lo que recientemente ha dicho de manera pública sobre la gravitación que ejerce sobre el gasto, la ausencia de una política de austeridad y, nosotros agregaríamos, la poca atención que parece ponerse a la priorización de las acciones gubernamentales, vis a vis las restricciones presupuestarias y las exigencias sociales. Él ha mencionado concretamente la carga que significa la práctica de los bonos periódicos a los funcionarios y empleados, la presión de la figura del escalafón en sectores como los de educación y salud e incluso, lo oneroso que se ha vuelto el mandato constitucional de asignarle al Órgano Judicial el 6 % de los ingresos presupuestados. Pero igualmente ha dicho que él no tiene mayor injerencia en el gasto y menos –diríamos nosotros– en los compromisos atados a cuestiones estrictamente políticas.

También se ha ocupado del programa para los “ninis” y sin ambages dijo que no se le había consultado, al tiempo que reconoció que con ello solo se fomentaba el ocio. Con relación a esa iniciativa presidencial, justamente el jueves anterior, un periódico matutino se hizo eco de la opinión de FUSADES, en el sentido de que el llamado programa PATI –que se activó con la cooperación de Estados Unidos–: “No resolvió el desempleo juvenil”; tampoco contribuyó a mejorar las condiciones de inseguridad en las comunidades beneficiadas. (…) Más bien fue utilizado para favorecer a pandillas, según lo confirmó un alcalde. Esto propició que el país más solidario con El Salvador, suspendiera su cooperación. La Asamblea Legislativa también se vuelve cómplice en el incremento desmesurado del gasto, al aprobar leyes que comprometen cuantiosos recursos, sin preguntar siquiera sobre el origen de los mismos.

Pero la fijación de prioridades para racionalizar el gasto no es una tarea fácil, aunque el componente político no sea tan obvio. Un ejemplo: Mientras la señora secretaria de Inclusión Social anda bajando santos para que ARENA concurra con sus votos para un préstamo de $30 millones para construir otras tres “Ciudad Mujer”, el fiscal general anda “mendigando” que le refuercen el presupuesto, para hacer frente a la enorme carga que tiene encima, sin duda única en la historia, por el volumen de casos y lo emblemático de algunos. Veamos un extremo, ¿cómo se distribuyen los recursos para mejorar simultáneamente los deplorables servicios básicos y conjurar el potencialmente explosivo problema del hacinamiento carcelario? Estos son casos reales e ilustran lo complejo del tema fiscal, para cual no se visualiza una salida exenta de grandes costos y sacrificios para todos.

Pero el gasto público en general, a todas luces dispendioso, ha llegado a niveles intolerables y hasta puede considerarse una ofensa pública defenderlo. Sin embargo, mientras el presidente decía en una ocasión que no había margen para la austeridad porque los recursos eran insuficientes, la presidenta de la AL mediatizaba el tema, aseverando que allí no se practicaba por sus connotaciones “neoliberales”.

De esto puede colegirse que las prioridades y la austeridad en el gasto, brutales como pueden ser sus exigencias, no forman parte de la cultura gubernamental. Pero mantenerse atados a ella significa comprometer la democracia, el desarrollo económico y la paz social. Y esto, va más allá de cualquier ideología. En parte por esto y en el pensamiento, te compadezco, amigo ministro.

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