Generaciones comprometidas

Fuimos y seguimos siendo generaciones comprometidas con las transformaciones de nuestros pueblos en este minuto de vida de nuestra existencia.
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Por razones de la noticia y de las prioridades, este día debí haber escrito sobre la histórica visita de Obama a Cuba, pero no me salió nada. Tal vez porque estoy en Nicaragua donde nació mi abuelo, convertida en mi segunda patria cuando trabajé en 1981-82 y en 1986-90 en los ministerios de Planificación y de Cooperación Externa, y viví el principio y el final de la revolución sandinista. Nicaragua, donde tenemos un refugio de paz y naturaleza y entrañables amigos de tres décadas. Con el cielo estrellado, en unas montañas de San Juan del Sur con queridos amigos, ron y puro nica, nos pusimos a oír las canciones de Víctor Jara (“Te recuerdo Amanda”), de Salvador y Katia Cardenal (“Días de amar”), de los Mejía Godoy (“Nicaragua, Nicaragüita”) y de Mercedes Sosa (“Todo cambia”) que marcaron aquellos días de juventud y esperanza. Y así me llegó al corazón y a la cabeza de manera comprimida el espíritu y compromiso de nuestra generación y de la inmediatamente anterior y posterior que hace cinco, cuatro y tres décadas le apostamos a los cambios de estas sociedades atrasadas, autoritarias e injustas. Fuimos y seguimos siendo generaciones comprometidas con las transformaciones de nuestros pueblos en este minuto de vida de nuestra existencia.

Generación Comprometida le llamaron a la de Ítalo López Vallecillos, Roque Dalton y Manlio Argueta, que siguió a la de mi abuelo Alberto Guerra Trigueros, Salarrué y los que se congregaron en el Diario Patria desde cuya trinchera combatieron a la dictadura de Martínez, después del golpe de Estado y de la matanza de 1932. Ellos fueron el vínculo indispensable entre Masferrer y Farabundo Martí y la llamada Generación Comprometida.

Pero fue a las generaciones posteriores a las que les tocó asumir la lucha dura de la década del setenta y del ochenta, donde irrumpieron las luchas armadas y las revoluciones contra la dictadura somocista en Nicaragua y la dictadura militar en El Salvador. La revolución triunfante de Nicaragua fue posible en el único instante que se le pudo colar a la geopolítica y a la historia, con dos años y medio del gobierno de Jimmy Carter, un año y medio antes de la llegada de Ronald Reagan que en Centroamérica marcó la línea de la restauración del poder global de Estados Unidos en el mundo entero.

Los cambios en la Iglesia católica originados con el Concilio Vaticano II (1962-65) y las Conferencias de Medellín (1968) y Puebla (1979) y su impacto en la doctrina social de la Iglesia y la Teología de la Liberación tuvo una profunda influencia en la juventud de las sociedades centroamericanas dada la histórica hegemonía de la Iglesia católica en nuestros pueblos. Pero también la crítica y protesta de la generación de los “baby boomers” contra la sociedad del consumo y la opulencia y la guerra de Vietnam en Estados Unidos, el Mayo 68 francés, la matanza ese año de los estudiantes en Tlatelolco, México, y el triunfo electoral del socialista chileno Salvador Allende, en 1970, y el golpe de Estado y la represión liderada por Pinochet tres años después.

Al cerrarse la vía electoral con los fraudes electorales de 1972 y 1977 contra la Unión Nacional Opositora (UNO), con el terremoto de 1972, el robo de Somoza de buena parte de la ayuda internacional y el asesinato en 1977 de Pedro Joaquín Chamorro, director del periódico La Prensa, las condiciones maduraron y las estrellas se alinearon para que diversas fuerzas democráticas y progresistas, y marxistas-leninistas confluyeran en alianzas contra las oprobiosas dictaduras, alianzas que fueron más amplias en Nicaragua que en El Salvador.

La Revolución cubana tuvo su impacto en las generaciones de los sesenta y setenta en Centroamérica, pero su influencia mayor fue en los dirigentes de las organizaciones que conformaron el FSLN y el FMLN, a quienes Fidel unió y apoyó convirtiéndose en el principal referente y guía de las autodenominadas vanguardias populares, tan escazas de influencias social-demócratas y de empresarios progresistas. Tal vez esto explica la naturaleza de las revoluciones en ambos países, la confrontación con diversos sectores de la sociedad y con un Washington históricamente tan torpe y reaccionario. Y también el balance histórico tan poco favorable al juzgar los resultados obtenidos en la gestión de los gobiernos en Nicaragua en plena agresión imperial, pero también en la última década en ambos países con el presidente estadounidense más progresista de la historia.

La visita de Obama a Cuba esta semana cierra un ciclo histórico para ambos países, pero también para Latinoamérica. La generación que impulsó los cambios en Nicaragua y El Salvador es muy crítica del “establishment” de la derecha e izquierda que ha detentado el poder en ambos países. Con el poder se quedaron aquellos pocos que controlan los partidos y sus aparatos electorales con los que se ganan elecciones.

El idealismo, el compromiso y la entrega a un proyecto colectivo superior para arreglar cuentas históricas contra la dictaduras oprobiosas, la pobreza y la injusticia movieron a estas generaciones comprometidas en la lucha y la rebelión. La música, la poesía y la esperanza nos acompañaron e inspiraron en el trayecto, ahora lleno de remembranzas, pero también de balances más mesurados por aquellos que estamos comenzando o terminando la sexta década de nuestras vidas.

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