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Gestión pública y descontento social (y II)

Rompiendo el inmovilismo. Cuando estamos a 8 meses del próximo evento electoral cuyo proceso –como en otras oportunidades– ya comenzó plagado de irregularidades, los partidos mayoritarios se encuentran por primera vez con la antipatía de la población.
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A ninguno de ellos los quiere ver manejando nuevamente al país, según la más reciente encuesta de la UCA. Aunque por otra parte, analistas y expertos en los entresijos de la política opinan que ARENA está en su mejor momento para retomar el poder, sin duda porque la gestión de los dos gobiernos del FMLN solo ha contribuido a empeorar la situación preexistente, de la cual tampoco se pueden vanagloriar los tricolores.

Pero en la lucha por el poder, por el poder mismo, raras veces se analiza e interioriza el grado de desmoralización a que puede llegar una sociedad que, como la nuestra, viene de un prolongado conflicto interno, cuyas heridas, después de un cuarto de siglo, aún se mantienen abiertas. Más aún, cuando esa lucha hace caso omiso de lo que ocurre en el mundo exterior como en estos momentos y todo puede suceder, pero no precisamente aquello que abone el camino para la prosperidad y la convivencia armoniosa. En otras palabras, la interpretación excesivamente ideologizada de los hechos y del curso que deberían tomar los acontecimientos, como es nuestro caso, inevitablemente pavimentan el camino que conduce al caos. El desmadre por el que está pasando ARENA es un claro ejemplo de una realidad que no termina de asimilar el partido que gobernó por veinte años, como también es el caso del FMLN, que en menos de la mitad de ese período ha destruido más que durante el conflicto.

Lo dicho trasciende cualquier ideología y esos cortes históricos que cobran carta de ciudadanía cuando de eludir responsabilidades se trata. En la cruda realidad que vivimos, moros y cristianos tienen una gran cuota de culpa, la cual no pueden evadir porque sus acciones no pueden disociarse fácilmente del curso intemporal de la historia. Tampoco podemos hacerlo los ciudadanos, por haber perdido hasta la capacidad de indignarnos. En cambio, siempre estamos atentos a lo que queremos oír y no a lo que debe hacerse, como lo señalaba don Óscar Arias Sánchez, el dos veces presidente de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz, en un programa transmitido la semana pasada por CNN en español. Ah, pero también en busca del poder, nuestros interlocutores sueñan con las credenciales “democráticas” de Maduro, y otros con los dotes de “estadista” de Trump.

Pero aquí puede pasar lo mismo que en Francia u Holanda, donde los partidos tradicionales fueron derrotados en el marco de un malestar social que no supieron manejar. Sin duda se trata de sociedades de las más avanzadas en todo sentido, pero igualmente cansadas del extremismo y del populismo, algo que debería servir de lección hasta en países del tercer mundo. ¿Y cuál es la opción? Porque nuestro futuro no podemos seguirlo fincando en una interpretación tergiversada del determinismo social y económico, la nueva geopolítica que se avizora no da margen para seguir empantanados en el inmovilismo. Afortunadamente, empiezan a surgir iniciativas alentadoras.

Ya a mediados de la semana antepasada salió a luz el consorcio “Defensa Ciudadana de la Democracia en El Salvador” (DECIDE) que aglutina a más de quince agrupaciones o entidades de la sociedad civil. Ha trascendido que no se trata de un movimiento ideológico en el sentido estricto del término, sino de una instancia aglutinadora de esas voces dispersas cuya incidencia en el curso de los acontecimientos se diluye en el escabroso terreno de la política criolla. Sin conocer sus interioridades, diríamos entonces que este movimiento surge en el momento crucial porque, quisiéramos pensar, estaría en sintonía con el giro de 180 grados que demanda el país. Ojalá sea solo el inicio del despertar de una sociedad que ha estado desde siempre rendida ante verdaderos apátridas.

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Tags:

  • economia
  • elecciones
  • descontento social

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