Golondrinas en posguerra

No dejo de pensar en ellas. En lo cruel y trágico que puede significar ser mamá en mi país. A Roxana le mataron a su hija Katherine cuando faltaban solo semanas para que cumpliera 15 años y a la maestra Sandra Élida Rivera le mataron a su pequeña Verónica hace siete años en una clínica donde los pandilleros hicieron explotar una granada, cuando la niña tenía seis años. A ella, esas mismas personas, la mataron el lunes.
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El lunes, ese lunes negro, Katerine corrió a su casa, al refugio que es el regazo de una madre, pero las dos balas en la espalda ya habían trazado su destino y destrozado el de toda su familia. No puedo, no quiero imaginar el dolor y la impotencia de esa madre. Oír la ráfaga afuera de su casa, saber que su hija había ido a la tienda por el mandado, verla aún con vida pero sin esperanza, tendida en el suelo. ¿Qué nos pasó? ¿En qué momento se volvió esta escena el repetido guion de una eterna pesadilla?

La historia de estas madres, como decenas más en El Salvador, se repiten sin cesar. Madres que comparten destinos tan trágicos. Historias desgarradoras que no pasarán de ser simples estadísticas. Ni Roxana ni Sandra pudieron ayudar a su hijas cuando los pandilleros las atacaron. Y no fue su culpa. La culpa la tenemos todos.

¿Cuántas veces fui a la tienda de la esquina a comprar un sobrecito de algo que hacía falta para la cena? Inimaginables veces, en una colonia de Ayutuxtepeque, en los ochenta, en plena guerra civil, con siete años de edad y de noche. Mis vecinos de la Escandia no me dejarán mentir, jugábamos escondelero hasta las 11 de la noche. ¿En qué momento el país cambió tanto y solo para mal?

La posguerra es peor que la guerra, me dijo alguien alguna vez cuando la euforia de los Acuerdos de Paz empañaban los problemas de desigualdad social y la teñían de esperanza, y ese “peor” se quedó corto.

Creo, humildemente, que todos tenemos un pedacito de responsabilidad, porque no escuchamos, y no actuamos, como algunas personas lo sugerían. Y se me viene a la mente monseñor Gregorio Rosa Chávez que a principios de los noventa nos hablaba de la importancia de poner atención a “estos niños” que vienen deportados de Estados Unidos o que crecen con sus abuelos, o que viven sin el “amor” o cuidado de sus padres porque estos se fueron al norte a trabajar. Ponerles algo que hacer, decía él.

El tiempo pasó y ni los gobernantes, ni la empresa privada, ni la mayoría de organizaciones civiles pusieron la suficiente atención a lo que ocurría en los barrios más pobres, en los cantones más lejanos, hasta que el problema nos explotó en la cara. Las pandillas fueron potenciadas por políticas tan ineficaces como ridículas que van desde la Mano Dura hasta la tregua, pero también porque como ciudadanos no fuimos capaces de organizarnos para evitar esta guerra sin cuartel.

Un muchacho sin hacer nada es caldo de cultivo para la delincuencia. Mantenerlos en las escuelas, a pesar del acoso de las pandillas, puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. En eso estamos todos de acuerdo, pero aplicarlo, como lo hizo la maestra Élida, es de pocas y valientes golondrinas que buscan hacer verano en el peor de los inviernos salvadoreños.

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