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Gomitas

Dos fuerzas conviven en El Salvador: el cambio y la parálisis.

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Cristian Villalta

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No siempre lo hicieron; durante décadas el cambio, el que fuera, padeció de un tufillo delincuencial siendo la nuestra una patria paralítica e incurable. Pese a que somos republicanos desde 1841, muchos órdenes de la vida salvadoreña han parecido determinados por una voluntad superior, resistente a cualquier novedad, una hechura más parecida a la de una monarquía que a la de una democracia. Por eso en nuestra bandera, en lugar del "Dios, Unión, Libertad", igual nos habría valido que dijera secamente "Resignación." Es que desde el progresivo despojo de la propiedad indígena y clerical, finalmente consumado en la presidencia de Rafael Zaldívar hace 140 años, el Estado salvadoreño terminó no sólo garantizando a los terratenientes la máxima concentración posible de la tenencia de la tierra sino convirtiendo ese desequilibrio en el corazón de nuestra vida en sociedad. Y así hemos convivido, reconociendo la acumulación como algo natural, y creyendo que el clasismo, la marginación y la exclusión no tienen remedio.

La parálisis lleva siempre las de ganar. Tiene a su servicio al Estado, a sus poderes, a sus funcionarios corruptos o no, a los instrumentos políticos y a las fuerzas del orden, amén de la mayoritaria inconsciencia de la gente, que con sobrevivir se da por bien pagada.

Lo único que le juega en contra es la esperanza de la nación, que aspira a un modo de vivir más igualitario, a que haya justicia con todas sus letras, a participar realmente en la toma de las decisiones, sobre todo de aquellas que comprometen el futuro del país. Y ahí es adonde algunos percibimos que hay sed, que hay inquietud, que hay una nueva generación insatisfecha, que ya no cree en las manifestaciones del pasado, a la que los himnos de viejas causas ya no les dicen nada. Hoy, ellos son el principal patrimonio de El Salvador.

Algún día ocurriría que Arena, el Fmln, Farabundo, el imperialismo y toda la nomenclatura del terror militar ya no significaran nada para los salvadoreños. O muy poco. Y con la mesa vacía, limpia, libre de las cenizas de nuestros primeros 25 años en democracia, se acerca el momento en que una sociedad rejuvenecida se haga preguntas mucho más urgentes. Si puede encarar ese ejercicio sin la nata ideológica que nubló el juicio de sus padres, atenderá urgente la discusión sobre el agua, sobre el medio ambiente, sobre si el país es viable si no cambia su modelo de desarrollo económico, sobre si reducir la seguridad pública a un conteo de cuerpos y a militarización es ético y conveniente.

A estos ciudadanos del nuevo siglo les corresponde lidiar y transformar nuestra cultura, que ha sido el hervidero de la misma intolerancia que luego padecemos, una cultura pletórica en antivalores, machista, patriarcal y alcohólica.

No sé si estos salvadoreños son mejores que nosotros o los que estuvieron antes nuestro, pero sé que el tiempo es suyo, que la oportunidad es suya. Y que corren el mismo riesgo que tantas otras generaciones antes: padecer de irrelevancia, tragados por la parálisis o convertidos en sus agentes por omisión o por manipulación, enzarzados en discusiones ridículas mientras la depredación de un sector empresarial y los abusos de la mafia política van al alza.

Lo prodigioso y trágico es que, después de tanta sangre, en El Salvador las fuerzas de la parálisis entendieron que si las revoluciones son inevitables, lo más conveniente es comprarse la suya, con un caudillo de mentiritas, hecho de gomitas.

Y en esas estamos, sin saber en qué momento el cambio que la sociedad demanda chocará con la parálisis. Pero de que chocarán, chocarán.

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