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Gracias, maestro

Al final, las ideologías no existen si no es alrededor de personas y las personas no nos podemos odiar por algo que no existe sin nosotros. No deberíamos.

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Glenda Girón  - Editora de la unidad de investigaciones Séptimo Sentido, LA PRENSA GRÁFICA

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Mi tío era profesor. Se llamaba Manuel Girón. Seguramente en Ahuachapán mucha gente lo haya conocido. De hecho, no lo dudo. Porque cada vez que caminábamos con él, saludaba como a tres o cuatro personas por cuadra. Y a mí me daba risa nerviosa y me causaba sorpresa. ¿Cómo podía gestionar tanto saludo? Un "influencer" desde antes de que se inventara el concepto, eso era él.

Mi tío era profesor. Y, en alguna temporada, vendió tarjetas de Navidad. Yo disfrutaba tanto esos catálogos de brillantinas y terciopelitos que no tenían otra función fuera de decirle a alguien más que "Feliz Navidad". Me pasaba ratos repasando con las yemas de los dedos esos relieves y esa tela suave pegada al papel. Sin querer, sin saber, fue mi terapia sensorial. De repente, llegaron las tarjetas musicales. Y nosotras tres, o nosotros cinco, con mi primo y mi prima, abríamos y cerrábamos las tales tarjetas hasta que sonaban a chicharra moribunda. Ahora que lo pienso, seguro no éramos las únicas criaturas en eso. Y mi tío pasaba horas y horas escuchando villancicos en ese tono agudo. Santa paciencia la suya, u oído selectivo.

Mi tío hablaba mucho. En mi núcleo, en mi círculo más íntimo, eso no es la norma. Y él sí, él hablaba de todo con todos. En mi familia extendida, ahora lo reconozco y lo valoro, siempre hemos sido un rosario de extremos. De hecho, cuando mi tío se metió a política y yo andaba llegando a la U, teníamos unas pláticas llenas de burla y provocación. Él fue a la derecha y a mí me criaron al otro lado, extremos, pues. Pero no era para enojarse, mi tío no se enojaba por esas cosas. Al final, las ideologías no existen si no es alrededor de personas y las personas no nos podemos odiar por algo que no existe sin nosotros. No deberíamos.

Hay que aclarar, por aquello de la idealización, que mi tío no fue perfecto. Que ahora no lo voy a hacer santo, porque bastante le costó a él vivir a su manera como para que quienes le recordamos vengamos a querer pasar todo por lejía. Que no, que mi tío puede estar seguro de que seremos cabales, como él, al invocar su existir. Y un día brindaremos con esa cozuza de la que solo él sabía. Y reiremos, porque esta es siempre una forma de revolución.

Mi tío Manuel tuvo siempre una carcajada escandalosa. La más escandalosa. La misma que tiene mi primo, que heredó de él también ese don tan genial de encontrar solución a todo. Y mi tío fue siempre carismático, como eso que tiene mi prima cuando hace amigos por todos lados y que se le nota más cuando termina buscando una pestaña postiza, con los zapatos en la mano, después de bailar y bailar y bailar. El amor es bailar.

Cuando me metí a periodista, sé que mi tío me leyó algunas notas, como mi ma y mi pa. Y, alguna vez, mi tío, me pidió recato, que me cuidara. Obvio, toda una farsa aquello. Una de esas mentiras que nos dicen los adultos que nos quieren, pero que es una pauta que ellos no siguieron ni seguirían jamás. Porque mi papá hizo su camino pasando por alto el cuidado; mi tío, también, así como mi mamá y mis tías; nuestras abuelas y abuelos. Aunque sus palabras fueran consejos de resguardo, con su ejemplo todos nos enseñaron a arriesgar. Nos mostraron que vale la pena.

Nosotros, la generación siguiente, no caímos lejos del árbol. La felicidad es cosa de valientes. Y estas carcajadas, estas barbas, estos camanances, estos colochos, estos abrazos, estas barrigas cerveceras, estas calvas, esta camaradería con los integrantes nuevos del clan (que se desborda cuando nos juntamos) tienen su precio, la autenticidad es cara. Ellos triunfaron en criarnos para ser genuinos.

Yo quisiera decir hoy más de él. Pero es que ya no puedo. Prefiero citar su último cartel colgado en Facebook, cuando ya estaba recibiendo tratamiento, porque dice mucho del maestro que era: "Fortaleza y salud para todos y todas mis amistades de la Departamental de Educación. Dios nos brindará salud y protección. Pronto nos vemos. Feliz tarde. Bendiciones".

Mi tío era profesor. Ha muerto realizando su trabajo. Como cientos de maestros. El vacío que han dejado entre sus familias es tan enorme como esto que describo. Pero en la comunidad, el impacto no se ha calculado. En bienestar social, es un retroceso al que se le debería poner mucha más atención, porque muchas de estas personas sostenían el sistema educativo allá en donde nadie más llegaba. Mi tío recorría caminos que ahora estarán abandonados. Atendía personas a las que ahora alguien más tardará mucho en alcanzar. Cada profesor es irremplazable.

Un día antes del sepelio de mi tío, enterraron a otra maestra. Días después, ha habido más víctimas del magisterio. La educación está perdiendo experiencia, grado académico, calado social. Los maestros como mi tío no renunciaron ante la guerra, no renunciaron ante las pandillas y no renuncian ahora, ante una pandemia. Siguen pese a la falta de recursos, y pese a que la educación en este país ha sido tradicionalmente denostada.

Tío, gracias por su esfuerzo y sacrificio. Y gracias a todo el magisterio. Ustedes merecen más que himnos y ovación de pie cuando pasa su carro fúnebre. Ustedes merecen cuidados, reivindicaciones laborales y protección social acordes a su importante labor. El país se los debe. Todos se los debemos.

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