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Graciosos

Esta no es la primera vez ni será sin duda la última en que un líder autoritario o abiertamente dictatorial apela a la chocarrería.

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Ernesto Mejía - Subjefe de Información de LA PRENSA GRÁFICA

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Es un error creer que todos los tiranos tienen siempre el semblante ceñudo y la expresión iracunda. En la extensa y variopinta galería de estos especímenes, los ha habido, por supuesto, aquellos que en medio de sus abusos han pretendido también ser muy cómicos y que incluso han hecho de las bufonadas una marca distintiva de sus regímenes.

Resulta oportuno recordarlo porque en las semanas recientes, aparte de las voces sensatas que criticaron la gracejada del presidente de autodenominarse como "Dictador de El Salvador", título modificado luego a "El dictador más cool del mundo mundial", hubo muchas personas que celebraron su supuesto ingenio y su agudo sentido del humor, argumentando además de que si el presidente fuera en verdad un dictador o estuviera en camino de serlo, pues simplemente no bromearía con el tema. Porque, claro, según ellos, los dictadores solo son seres adustos, sin tiempo para boberías.

Y sin embargo, esta no es la primera vez ni será sin duda la última en que un líder autoritario o abiertamente dictatorial apela a la chocarrería.

Conocida es, por ejemplo, la historia según la cual el emperador Calígula prometió en son de broma nombrar a su caballo cónsul –uno de los mayores cargos en la antigua Roma– con el objetivo de ridiculizar el papel de los senadores por quienes sentía una profunda animadversión.

Más cercanos en el tiempo, notorios fueron de igual manera, en sus kilométricas alocuciones, los chascarrillos de Fidel Castro, enfocados la mayor de las veces en tratar de humillar a sus enemigos políticos; una tradición retomada luego por sus herederos venezolanos.

Proverbiales han sido también las payasadas del dictador norcoreano, Kim Jong-un, una especie de postadolescente sicópata que igual es capaz de aparecer sonriente viendo un espectáculo de Mickey Mouse o hacer chistes sobre sí mismo en una reunión con funcionarios surcoreanos que ordenar la ejecución de sus parientes o de amenazar al mundo con desatar una confrontación nuclear.

Pero acaso el déspota que mayores pretensiones tuvo de hacer de la ridiculez un sello distintivo de su tiranía haya sido Idi Amin, un mariscal de campo que gobernó a fuego y sangre Uganda entre 1971 y 1979 y que dejó en el camino un reguero de al menos 300,000 muertos. Amin, un mastodonte de 1.90 metros y casi 300 libras, gustaba de cantar y bailar, y de gastar bromas malsanas, mientras sus escuadrones de la muerte y sus tropas encarcelaban, torturaban y masacraban a miles de ugandeses.

Cuestionado en una ocasión sobre los rumores de su supuesto canibalismo, Amin lejos de negarlo optó por responder de forma cínica asegurando que no le gustaba la carne humana porque era demasiado salada para su gusto. Y cuando el gobierno del Reino Unido decidió romper relaciones con su régimen, el militar, al que al igual que a nuestro gobernante le gustaban también los títulos, se autonombró "Su Excelencia el presidente vitalicio, mariscal de campo Alhaji Dr. Idi Amin Dada, VC, DSO, MC, señor de todas las bestias de la tierra y peces del mar y conquistador del imperio británico en África en general y en Uganda en particular".

Claro, estos tipos tan prestos a la sorna, en apariencia tan divertidos, aunque sus gracias sean por lo general calamitosas y desabridas, poseen el común denominador de ser completamente intolerantes al humor ajeno, sobre todo cuando dicho humor está cargado de punzante crítica. Los regímenes que instauran terminan decidiendo, a una señal suya, cuándo y dónde reírse y de quién reírse. El humor está bien, siempre y cuando lo controlen ellos.

Si bien aquí no hemos llegado todavía a ese monopolio personal de la risa, ya hay señales de que vamos en camino. Baste recordar que hace unos días el Ministerio de Cultura rechazó una obra del artista Renacho Melgar que iba a ser parte de una exposición de dibujo y en la cual el pintor elevaba, de forma bastante humorística, una crítica al gobierno actual. Lo dicho: no hemos llegado, pero vamos a buen paso. Como afirmó el presidente en uno de sus tantos tuits, haciendo eco del adagio popular: "Roma no se construyó en un día". Ciertamente.

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