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En la evaluación final de Economía Gerencial en la Maestría de Administración de ISEADE, nos preguntábamos por qué Gran Bretaña sometió a plebiscito la decisión de abandonar la Unión Europea.
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Mencionábamos que la conformación de la UE inició como una simple integración de la industria del carbón y el acero, con la participación de 6 países miembros; esto evolucionó hasta convertirse en una profunda integración económica, social y política; algunos de sus miembros llegaron a prescindir de su política monetaria, para adoptar una moneda paneuropea para sus transacciones; mientras otros prefirieron conservar su soberanía monetaria, como lo hizo Inglaterra.

Otros países no pudieron cumplir con los requisitos fiscales necesarios para adoptar el euro en remplazo de su propia moneda, aunque deseaban hacerlo.

En la actualidad, la crisis financiera de algunos países mediterráneos ha provocado que muchos ciudadanos europeos se sientan escépticos acerca del futuro de la Unión y de los beneficios de formar parte de ella, considerando la presión fiscal que supone el pago de la burocracia comunitaria, la ayuda a países miembros con desequilibrios fiscales y la ola migratoria acicateada por los conflictos en el Oriente Medio.

Todo ello ha conducido a renegar de acuerdos previos sobre la libre movilidad de personas entre sus miembros, por ejemplo, hace un par de meses no existían restricciones migratorias en sus respectivas fronteras.

En este marco, Suiza abandonó su interés de formar parte de la UE, descartando la solicitud que había hecho, para ello.

De igual manera, Grecia había considerado salirse del euro, hace algunos años, debido a que la inflexibilidad cambiaria le impide compensar sus pérdidas de competitividad frente al resto de la Unión mediante correcciones cambiarias, viéndose obligada a endeudarse, con sus socios comunitarios para cubrir la brecha comercial que tiene con ellos mismos.

La mayoría de estudiantes consideraban inadecuado, para Gran Bretaña, que se saliera de la UE y que efectivamente su moneda se depreciaría, por razones especulativas, naturalmente. Esto último llevará, eventualmente, a que Gran Bretaña eleve sus tasas de interés para evitar salidas descontroladas de capitales.

También se avizoraba que el acceso comercial al resto de Europa se le dificultaría, aunque contaría con mayor libertad para gestionar su política comercial con otros países y recuperaría, además, el pleno control sobre sus políticas internas y externas, cosa que había exigido David Cameron –ex primer ministro británico– meses atrás, en Bruselas –sede de muchas instituciones comunitarias–, como condición para la permanencia británica en la Unión.

Nadie se imaginó que la salida de Gran Bretaña de la UE iba a poner tan nerviosos a los mercados financieros, lo cual podría atribuirse a la inestabilidad previsible de la economía comunitaria y por las posibles repercusiones en otros países donde sus ciudadanos están divididos respecto a las ventajas de formar parte de una especie de federación en ciernes, aunque con intereses contradictorios entre ellos y una fragmentación creciente del principio de solidaridad en que se inspiró, originalmente, este proceso y que dio pie a programas de cohesión social donde las regiones más prósperas transferían recursos a las más desfavorecidas.

Además, parece haber un sentimiento de frustración por las políticas promovidas por las instituciones comunitarias que no son compartidas por la ciudadanía; aquí encontramos una aparente desconexión entre las decisiones de la burocracia comunitaria y las necesidades de la población. Es precisamente este sentimiento, más que la evaluación meditada, lo que podría conducir a nuevas salidas de la UE, a pesar del costo económico que representaría ello para los países que lo hagan.

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